miércoles, 26 de octubre de 2011 in

Cuando ir al mercado es un arte

Cuando ir al mercado es un arte


Pinotxo es mi lugar de encuentro para tomarme un cafelito después de una butifarra a la plancha adornada del color verde de las hortigas, canónigos y alguna hojita de lechuga, esperar al que me acompaña, que no es otro que mi consuegro, para iniciar la ruta por este grandioso y colorista mercado  de San Josep y continuar por las ramblas, beber un traguito de agua en la fuente de Canaletas y tratar de observar, ver y cuidar de todo lo que se nos acerca y sorpresivamente puede sorprendernos.

El Pinotxo está, mano izquierda, nada más entrar a la Boquería, en la Rambla. Allí nos hemos aposentado para tomar religiosamente esa riquísima butifarra y nuestro café mañanero, como lo han hecho, durante muchos años, todos aquellos que llevan viniendo a hacer su compra diaria, al que dicen ser el mejor mercado de Europa.

En el instante que el viajero y su consuegro se instalaron en la barra del Pinotxo y Juanito, su dueño, nos atendió, oímos la voz grave de la verdulera del puesto de al lado ofreciendo pimientos verdes y entreverados de Lodosa, tomates de Mazarrón y desde otro puesto, allá en la lejanía, el puesto de Petràs, "el mago de las setas", ofrecer robellones de los montes de La Rioja y a la pescadera ofrecer cantando, desde un puesto contiguo, atún del Estrecho, lomos de rape gallego y langostinos de Vinarós. 

Como ven, hemos comenzado la mañana avituallándonos, aunque solo haya sido con el gusto, la vista y el olfato, exquisitamente en plena Rambla.

Pinotxo, es decir Juanito, un gran personaje dentro y fuera del mercado, dueño y señor con 50 años a sus espaldas, trabajando en su Pinotxo, nos comenta que este su establecimiento es uno de los diez lugares situados dentro del mercado en los que se pueden comer los productos que se venden en él. El Pinotxo es un bar largo y estrecho, del tamaño del vagón bar de un tren cualquiera, y tiene como empleados permanentes a cinco personas espantosamente ajetreadas. 


Menudo, delgado, de tamaño más bien pequeño e hiperactivo a sus 77 años, Juanito lleva indefectiblemente un chaleco de raso gris plateado, una pajarita combinada y una camisa blanca. El cabello, a lo punk británico, le delata como un camarero de salón de té  mostrándose un poco fuera de lugar entre el bullicio de la Boquería. 

Dejamos a Juanito y emprendemos nuestro safari gastronómico. Al puesto más hermoso y colorista de toda la Boquería se acerca un señor, parece el rey del mambo, lee gritando un pedido que una  ayudante de la verdulera toma nota: "Tres kilos de habitas, un saco de patatas, medio kilo de moras y kilo y medio de pimientos del piquillo de Lodosa". ¿Pimientos rojos de Lodosa? "Sí, de Lodosa", dice, mientras coge uno y lo examina. "los prefiero a los de Padrón; son más gruesos, más picudos, igual de sabrosos, y hasta alguno suele salir picante".

Los puestos de frutas y verduras están en la Boquería en sana competición y todos ellos son una deslumbrante obra de arte. Las fresas, por ejemplo, están colocadas según el modelo arquitectónico de Gaudí: con el elemento surrealista bajo el control, no se sabe cómo, de la geometría.Chirimoyas, pitayas, mangos, e higos y papayas, frutos extraídos de toda la creación, se mezclan con lechugas de todos los tonos de verde para producir un efecto que los cuadros del Museo de Arte Moderno, a la vuelta de la esquina, quizá aspiren a emularlos, pero nunca superar. 

Hoy, en mi recorrer Barcelona, la parada en la Boquería ha sido una parada tan indispensable como anteayer lo fue la Sagrada Familia y ayer la iglesia de Santa María del Mar. Ha satisfecho todos los sentidos. Además de ver, en la Boquería he podido, junto a mi acompañante, oler, saborear, tocar y oír. Durante toda la mañana he asistido a una sesión de teatro en vivo, sentado en una banqueta del ajetreado personal del bar Pinotxo.


Fotografías y textos de La Medusa Paca. Copyright ©

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