sábado, 22 de abril de 2017 in

No me lo han contado, lo he vivido








Grávalos: bañeras que fueron

No me lo han contado, lo he vivido

Ahora, con la tierra florecida, recuerdo a Virgilio: “Han huido las nieves, retorna la yerba a los campos y a los árboles su cabellera”. 

Ahora que el sol comienza a calentar las tardes, salgo al jardín. Tres palmos de tierra sobrados de plantas, flores, sombra y confidencias. Bajo el granado leo a Virgilio, a Píndaro, a Homero, a Marco Aurelio. Me animo con el fulgor de sus versos y sentencias. Y recuerdo y armo algunos de mis posts, como el de hoy, y hasta me asusto cuando las frases caen al folio como si fuesen ese varazo que, con vara de olivo, nos arreaban en la escuela de nuestro pueblo cuando no salían bien las cuentas. Era todo un látigo de azufre.

Y, en ese recordar primaveral, desde hace mucho tiempo vaga por mis adentros el deseo de sacar de la entraña del olvido a los personajes y hechos, para mí alucinantes, que hicieron, bien o mal, esta tierra nuestra. El cura de misa y olla bendiciendo con mano de layador a las pobres almas campesinas, el dueño, más bien dueña, de casa principal al que sirvió y éste agradece, la lista de oficios menores que atravesaron la vida con carga copiosa de hijos, deudas y desgracias, los mendigos pedigüeños, portadores de noticias, los frailes predicadores en Misión, las monjas y los jornaleros. Escuchando la historia de todos juntos o por separado oiremos al detalle la de nosotros mismos. Somos así porque ellos así nos hicieron.

Recuerdo que el niño pobre, y hasta el que decían pudiente, se criaba olvidado y sólo, como un animalito huraño, entre humo de sarmiento mojado en la cocina, olor a cuadra sin sacar, capaz de pudrir cimientos a flor de tierra, gruñidos de puerco en la pocilga y hambre. Padre amo-jornalero que permanecía toda una semana en el campo y madre buscando quien le ayudase a hacer la colada por “la costa”, varear colchones y repasar la ropa de casa principal. 

Recuerdo que, de inmediato, se establecía una relación entrañable, pero selectiva, entre los niños y la vecindad del pueblo, las aves de corral, los murciélagos, los gorriones que hacían nido en techos y muros aledaños, lechuzas sabias que sacaban los ojos a los hijos de los pobres para degustarlos como confitura o sorbían misteriosamente el aceite de la lámpara del sagrario. 

Recuerdo esa promiscuidad con gallinas, patos que hacían la instrucción como soldaditos de plomo, perros ratoneros, perros que habían perdido la raza en mil cruces, sarnosos, piojosos y que constituían con el asno, alguien más de la familia. 

Recuerdo el jugar con botones descabalados de hueso o pasta, con crías de pájaro con picos amarillos igual que tallos tiernos, con cajas de cerillas que llamábamos santos, con zapatos viejos, ya heredados, y trapos de colores vistiendo palos que recordaban muñecos. El vagar por los campos buscando pájaros y perros a quienes martirizar, árboles con fruta y un curso de agua barrancosa donde chapotear en cueros. 

Y recuerdo cómo todos nos volvíamos en sumisos, agrestes, ojos ensanchados por la perplejidad animándonos a buscar a nuestro alrededor alguna explicación a todo aquello. Vale.

Grávalos: paseo sobre casas derruidas

Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

sábado, 15 de abril de 2017 in

Sábado Santo






Sábado Santo

“Toda la casa duerme en el reposo sabático. No sale el ruido de la muela harinera, que es el rumor de vida de Israel; y en el sol de las tierras hortelanas, no brilla la carne sudada de los siervos agrícolas, los felats desnudos, flacos y grandes.

Josef de Arimathea va descogiendo y meditando los pergaminos de las filacterias. San Mateo llama a este creyente: “hombre rico”; san Marcos: “noble sanhedrita”; san Lucas: “varón bueno y justo”; san Juan: “Discípulo oculto de Jesús”. 

Solitario de sus caudales, de su prosapia y de sus virtudes, ve hoy el desamparo de su pensamiento, la soledad de su fe en el Señor tendido ya una noche bajo la bóveda de roca que el patricio hizo cavar para su carne vieja. 

Josef abandona los textos mosaicos y vigila el sepulcro. Han sellado el sepulcro los que niegan la resurrección del Rabbi; porque nada es tan invencible como el súbito, el escondido y resbaladizo de que suceda lo que no se cree; y el saduceo, el fariseo, los sumosacerdotes temen la resurrección de Cristo, aunque fuese impostura para ellos; y acuden a Poncio pidiéndole: “manda que se selle y guarde el sepulcro hasta el día tercero no sea que vengan los discípulos y hurten el cadáver y digan a la plebe: “Resucitó entre los muertos; y será el peor engaño”.

Josef se estremece pensando si no será ese miedo la equivalencia al otro miedo de los hombres de que no se cumpla lo que su fe les tiene prometido. 

Quiere confortarse repitiéndose palabras de Jesús. El Señor ha dicho: “¡Por ventura fructificará el grano de trigo sino se le entierra!”. Pero Josef siente ya el cansancio de los días y el de la aflicción del viernes tumultuario y trágico.

Hoy se ve solo a sí mismo. Las mujeres que asistían al Maestro preparan escondidamente los aromas y vendas para acabar de ungir el cadáver. Los discípulos han desaparecido. El Rabbi lo predijo con el profeta: Dice el Señor de los ejércitos: “Hiere al pastor y se dispersará el rebaño”.

Josef se va acercando a la cripta. Hoy el silencio de la peña le traspasa la frente, se prolonga en el huerto; y el varón justo se vuelve a todo para escuchar.

Suben las golondrinas, volcándose rápidas y gozosas en el azul. Toda la verdad la tienen en sus alas; y el anciano mira la tarde y se angustia porque está solo con el muerto y su fe.

Amanece el sábado calladamente. Las piedras quedaron goteadas de las hachas de las procesiones del viernes: Todavía remansa el olor de las flores pisadas, que se deshojaron sobre la cruz, y hay un vaho de aceites y vinos de figón donde duermen los “nazarenos”.

Sábado Santo de generosidades. Se extrae del pedernal la centella virgen, y de su fuego la luz que va prendiendo las lámparas sin mengua de la llama originaria. Así nos dice el Señor que nos demos nosotros. Se bendicen los trabajados grumos del incienso; suavidad que procede del ahínco y arde en las ascuas nuevas. Así ha de quemarse la palabra en el corazón puro. Se traza el signo de la cruz sobre la faz del agua, y ya el agua es molde de la carne. Así nos troquela la vida lo que no puede recogerse entre las manos.

El diácono mudó sus vestimentas moradas por los ornamentos blancos. El tronco del cirio pascual retoña cinco yemas de perfume reciente. Viene ya el cántico del exultet, el júbilo de la Alleluia vibrante de campanas.

Porque como el Señor ha de resucitar, no importa que nosotros le resucitemos antes del tercer día. No podemos vivir consternados tanto tiempo; y arrancamos un día de fe de dolor para pasar a la afirmación ancha del gozo.

Josef de Arimathea, el varón bueno y justo permanecerá siempre solo el Sábado Santo, él solo con su fe, la verdadera fe que hace sufrir, y la sepultura sellada”.

Texto Gabriel Miró; Semana Santa: Sábado Santo. Fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

Con la tecnología de Blogger.

Seguidores