miércoles, 13 de junio de 2018 in

Santo Domingo de Silos, un día de agosto



Santo Domingo de Silos, un día de agosto


Un, dos, tres.
La secuoya y el ciprés.

Los dos en el monasterio,
ella fuera y dentro él.
La primera está en la puerta
y el segundo en el vergel.
La secuoya tiene celos
del enclaustrado ciprés,
de su porte tan garboso,
de su talle de doncel,
de que se mire en la fuente
y hable con un capitel,
de que, llegada la noche,
duerman las aves en él. (Joaquín Luis Ortega: La secuoya que quisiera ser ciprés)

Según mi costumbre es hora de entornar la ventana del habitáculo de La Medusa para que éste se ventile durante dos largos meses y para que Ella pueda seguir investigando sobre los grandes y eternos temas del hombre que, seguro, seguirán siendo los mismos a comienzos de septiembre. Y me temo que los temas temporales y ocasionales, que tantas alegrías a la par de quebrantos le dan, no sean muy distintos. A peores cosas está avezada, y a mucho peores lo estuvieron nuestros mayores.
Ánimo, pues.

Antes de cerrar la última página de esta temporada deseo marcarles un camino, y esta vez va a ser de rumbo. Mi señora y este caminante lo hicimos el pasado agosto. Salimos de Logroño como si fuéramos a realizar el Camino de Santiago, pero después de pasar de largo por Navarrete, Santo Domingo de la Calzada y Belorado, villas muy pateadas por los caminantes, nos detuvimos en Redecilla del Camino para adentrarnos en su iglesia como deseando recibir, gustosos, un segundo bautismo en una de las pilas bautismales del Camino de Santiago más elaborada; auténtica joya románica, apoyada en ocho columnas como si fuera el tronco de un árbol y su cuenco labrado con relieves arquitectónicos, como si se tratara de una ciudad que bien podría ser la Jerusalén Celeste o la propia ciudad de Santiago de Compostela.

 Rebautizados, llegamos a la ermita de Villafranca de Montes de Oca, pasamos de largo, no había tiempo que perder para poder llegar hasta San Juan de Ortega y contemplar ese rayo divino que viene a colarse por una de las ventanas del templo y pasearse durante ocho minutos a lo largo del capitel de la Anunciación, un prodigio de iconografía que luce sus ocho minutos de gloria cada seis meses. No pudo ser. No estábamos dentro de los parámetros de los dos equinoccios del año en los que se muestra esta centella divina, esa que cual delgado rayo de luz consigue penetrar por la pared occidental del templo a través de una ventana ojival. Entonces, con la inclinación y el grosor justo y medido, el foco divino comienza a iluminar el capitel. Primero, la Virgen y San Gabriel. Después el rayo pasa sobre la escena en que María mantiene sus manos sobre el vientre, sintiendo la vida en su interior. La luz continúa su camino para iluminar el tercer acto: un arcángel toca la cabeza de San José. Por detrás, cobra vida la escena del Nacimiento, a la que la luz pega de refilón para sacarla de las tinieblas y producir el fin del milagro.

Después de esta soñada contemplación abandonamos el Camino dirigiéndonos rumbo Sur, a tomar los aires de las Mamblas y Cervera, camino hacia Covarrubias, adueñándonos de la frescura del río Arlanza y Mataviejas intentando cantar con los lugareños aquello de: “Cerezos de Covarrubias, que no dejáis de mirar, la corriente del Arlanza, y la Historia del lugar.

Y, casi de bruces, dimos con ese entorno de esencias celtíberas, romanas, visigodas, medievales y barrocas. Allí estaba Covarrubias como cuando la visitamos en el año 1985, con su herradura de Mecerreyes, con el insólito espectáculo del conjunto de sus tejados rojos, limpios e incólumes de su caserío, con el arco del Archivo del Adelantamiento de Castilla que nos condujo, de nuevo, a penetrar en su recinto trasladándonos a la época medieval, en lo que respecta a sus calles, plazuelas, pavimentos, columnas, artesonados y entramados de fachadas.

Covarrubias es uno de esos lugares que reconfortan el cuerpo, fundamentalmente, tomando una pantagruélica olla podrida en Casa Galin que, tras una ardua digestión, nos dejó útiles para salir caminando por el puente sobre el Piélago del Arlanza y atravesar el Manto y Peñalba camino de Silos a escuchar el canto gregoriano de los monjes benedictinos, dejar atrás muchos siglos de historia y creer que, aún hoy, es posible un mundo mejor, el mundo de la abadía de Silos, con su famoso claustro del siglo XII y su alto ciprés “enhiesto surtidor de sombra y sueño”…/ y los perales en flor,/ nuevos los tilos;/el ciprés, paraíso del jilguero./Qué bien supiste, hermano jardinero,/interpretar la primavera en Silos.

Y ya en Silos, y aun siendo agosto, sus piedras nos recibieron con tiempo frío y desapacible. Su abadía no tuvo pérdida para los viajeros, sobre la rigidez de sus muros pétreos, se bamboleaban los dos mástiles forestales, situados a intramuros del Monasterio; uno el Ciprés en el patio del claustro y el otro la Secuoya en la corte del cenobio; los cuales simbolizan, el primero, la religiosidad, la austeridad y el destino final y el segundo, la vida, la grandeza y la dimensión del ser.

Y pasamos al claustro, algo fuera de serie en el Arte Románico, por la entrada frente a la alberca-manantial; sus 64 capiteles simbolizando la lucha por la vida y el símbolo entre el bien y el mal e inspirados en la Mitología y Filosofía oriental; ocho relieves encuadrados en las cuatro esquinas maestras ejemplo apologético de los grandes misterios del Nuevo Testamento. Lo observamos, lo miramos, remiramos y hasta llegamos a meditar junto al maderamen policromado de sus techos y vigas, apostados en las esculturas y altares en suelo y paredes hasta que fuimos conscientes de estar dentro de la hierática sala capitular, espacio de recogimiento de los monjes y apto para el tiempo bochornoso de agosto. Y entre arco y arco la silueta alzada del Ciprés, su sombra, como una alargada manecilla de un gran reloj de Sol, que poco a poco, como cualquier ser biológico, se irá desvaneciendo para acabar a la, hora en punto, final.

Y sin más comenzó el oficio de la liturgia monástica de las Horas, concretamente de las Completas: “Hermanos, llegados al fin de esta jornada que Dios nos ha concedido, reconozcamos humildemente nuestras culpas”. Pocas palabras, pero una profunda declaración de principios. “Precamur, sancte Domine, hac nocte nos custodias; sit nobis in te requies, quietas horas tribue”, siguió el rezo pidiéndole a Dios que vele por nosotros esa noche y que nos proporcione el sosiego necesario para afrontar las penalidades de mañana.

Las voces de los monjes y su resonancia mágica quedaron en penumbra, y nos fuimos y salimos a extramuros del convento, para dirigirnos a la corte del cenobio y situarnos bajo el árbol grande (Secuoya gigantea) y solo nos quedó despedirnos de este rincón admirable, que al final nos hizo mirar al Cielo y exclamar:

¡Oh Ciprés! que enarbolas tanta fama,
  al socaire del claustro del convento,
  ¿No es acaso el Secuoya, quien proclama
su forestal faz sobre el Firmamento.

Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

jueves, 7 de junio de 2018 in

Hoy no me pidas poemas; ahí van mis recuerdos.








Hoy no me pidas poemas; ahí van mis recuerdos.

“Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
No soy de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España”.
(Miguel Hernández)

“El mundo rural se viene abajo. No hay recambio, los viejos se mueren y los jóvenes no quieren vivir ahí. Esa crisis de la España interior no se percibe en las grandes ciudades”, señala Fernando Rodríguez de la Flor, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Salamanca

Hoy tomo como referencia los versos del Miguel Hernández y las palabras de Fernando Rodríguez de la Flor y el recuerdo de ese álamo en los estertores de la primavera, con las hojas, ya salidas, con sus amentos rosados, algo rojizos, tan llamativos que dan ganas de escribirlo: sus ramas blancas, el cielo azul, los amentos rojos como estrellas marinas brotando en tardía primavera. Reconozco, o yo no he leído suficiente, que el álamo es uno de esos árboles del que no se ha escrito demasiado, aunque se escriba en su tronco, o se graben corazones atravesados por una flecha, cuando la flecha que de verdad te atraviesa, es la flecha que se pone y que ya no vuelve. Esta escritura de los jovenzuelos sobre el tronco de los álamos se ve favorecida por su corteza blanda y blanquecina, como de hoja en blanco y tratando de adquirir ese aspecto de señor muy mayor, tal vez por su blancura. 

Hoy, y ahora que lo rural se viene abajo y a la sombra de ese álamo pueblerino, quiero pegar la hebra que va de la boca al aire del que respira el árbol que, callado, escucha y ve como la gente va y viene y, a veces, no vuelve, mientras el álamo sigue en la plaza. 

Hoy y bajo la sombra de ese álamo lugareño deseo recordar conversaciones con algún artesano sobre oficios, ya casi desaparecidos, y que representan a esos últimos, como el mejor o uno de los mejores, de aquellas sagas de cuchareros de boj: “Hay que elegir bien los troncos de boj en el monte, me decía. De eso depende, en gran medida, la calidad del tenedor, de la cuchara y hasta del cucharón”.

Hoy deseo recordar, quizás ya no vuelvan, aquellas conversaciones cuando el artesano aldeano, sentado sobre el banco o tajón, cortaba la madera con el hacha de labrar e intentaba dar forma definitiva al mango de los cubiertos con la marraza o cuchillo de mano, para luego, sólo con la azuela, especie de gubia curva, lograba vaciar el hondón del cazo de la cuchara, hasta que con una cuchilla o navaja y mucha paciencia dejaba a la madera lisa, suave y luciente.

Y, ahora que ya está ahí la nada demográfica, es saludable recordar aquí a esos toneleros del reino del buen vino dándole a la maceta, al chazo, al cepillo de oreja, a la garlopa, al estobador, al gasteador, a la rasqueta, a la azuela y a la sierra adentrándose en la madera de roble del País dejando un perfume seco para retomar más tarde la madera de cerezo que es algo más afrutada.

Y avanzar a través del silencio tratando de escuchar los últimos sonidos, ronquidos o tañidos de ese centón de cencerros -hierro y latón- de todo tipo: acampanados, cuartizos, campano, esquila, campanillo…que se pudieron y aun se pueden moldear en los encerraderos por las alturas de los Cameros Viejos.

Ya no hay, o sí, aunque estén en mis emborronados recuerdos a la sombra de mi álamo blanco: cuchareros, toneleros, cereros, olleros, alfareros, cordeleros, cencerreros, hojalateros, molineros o curtidores…que un día fueron la pequeña nobleza artesanal de nuestras villas. Oficios que han desaparecido o van desapareciendo, después de cientos, de miles de años. Son herencia y símbolo de otras edades, y preciosas excepciones de la nuestra. Quién sabe si un día volverán en forma de arte, de afición o de necesidad. Vale.

Dime

los versos silenciosos,
delirantes,
de tus lágrimas de gozo,
derramadas
por un cielo poblado de mejillas. (PRJP)


Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

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