DICIEMBRE
DICIEMBRE
“Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, entre zarzas quemadas
y pájaros de nieve.
Hace
ya mucho tiempo que camino hacia el norte como
un viajero gris
perdido entre la niebla.
Una verdad cifrada dejé atrás: el humo denso y obsequioso de los brezos.”
(Julio Llamazares; memorias de la nieve 1982)
Desde siempre ha existido un reducto de paz en
nuestras vidas que cada uno asimila como propio. Puede ser una playa, un paseo
por un acantilado o aquel bar donde un enamorado arranca notas a una guitarra
soñando con un futuro. Pueden ser los arenales de las Encañizadas o simplemente
cerrar los ojos y respirar desde el balcón de Garnacha. En mi caso, ese lugar a
donde siempre quiero volver está no muy lejano y me conduce hacia oteros,
llanadas, regatos y viñedos riojanos para contemplar cómo las cepas se quedan
desnudas.
Ahora que llegan los turrones, las reuniones y las
escarchas, subo a mi puntal a ver el atardecer sin más abrigo que los aciertos
y pesares de todo un año que ya asoma el rabo. Siempre me dio compañía encender
una candela en la casa para conversar conmigo mismo, escuchar las pedrizas que
indican que los cazadores intentan mover la caza de los encames, el tacto de
las botas después de un paseo agarrado a mi cayado. O recordar a Pluto
intentando buscar el amparo de la lumbre para recordarme lo que nunca olvido.
Quien tiene un pedazo de tierra, aunque sea minúsculo, tiene un pedazo de cielo,
y yo lo tengo.
Respiro fuerte. El día mengua veloz y con prisas. El
caballo tordo de la cuadra próxima, detrás de la casa, relincha y resopla para
avisarme que ya es hora de recogerme. Oigo los mastines de un redil lejano, del
pastor “Tilifuqui”, que anuncia que alguien pasa de largo. Y ya está aquí:
¡adiós diciembre, ya te estás yendo! Vale.

Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©
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