viernes, 1 de marzo de 2013 in

Marzo es la golondrina trisando y el mochuelo maullando



Marzo es la golondrina trisando y el mochuelo maullando


Esta misma mañana todo lo que, incipientemente, brota alrededor de la casa ha amanecido un poco helado, y apenas he podido sentir el trinar de mi vecino el verdecillo ni tampoco el humilde y corto vuelo del astuto y doméstico gorrión. Y es que la naturaleza todavía no ha entrado en ebullición al no querer abandonarnos el último temporal que parece tener querencias de quedarse entre nosotros unos cuantos días.  

En marzo ese mes marzán, "que por la mañana pone cara de ángel y por la tarde cara de can", hay que observar cada mañana, antes de que amanezca, los adehesados campos que se extienden no muy lejos del pueblo, allí en El Prado. Y, con las primeras luces, ver pasar bandadas de aviones comunes ante nuestros ojos y contemplar cómo se posan cerquita para comenzar a buscar su sustento. Es una imagen preciosa, los aviones comunes planeando, la helada sobre el suelo, la nieve quedada junto a la ribaza y la niebla blanquecina, casi helada, al pie de ese monte Laturce vigilado por el castillo clavillense o clavijeño,  impidiendo la luz del amanecer.  

Los aviones comunes llegaron a finales de enero. Llevo unos días contemplándolos y desde entonces se han ido acercando cada vez más a sus nidos de barro afanándose en su reconstrucción. También los verdecillos andan muy atareados con sus trinos, se les escucha desde muy temprano, y tempranero también es el verderón, esta misma mañana he oído el primero de la temporada en el jardín de una casa cercana a la mía. En fin, con la leve subida de las temperaturas, todo bulle con el aumento de las horas de luz. Pronto se irán las grullas. Y las avefrías que ya se las ven en bandos numerosos. Y seguiremos andando, pero ya con plena luz de día.

Y con tanto frío y con tanta nieve y con tanta agua he recordado a Josep Pla en ese su libro “Las horas”, contemplación del paso de la estaciones.  Y me he acordado de las fuentes:   


“Hay fuentes sonoras, que se oyen caer en la soledad del bosque cinco minutos antes de verlas. Hay fuentes que reclaman mayor atención, aplicar el oído a separar su vago rumor del silencio”.
 
Ya está ahí la primavera, estamos en mes, la época de casi todos los grandes acontecimientos. Los silencios del invierno, quedan atrás. Ahora todo se amontona y yo, observador de la naturaleza, no tendré tiempo para contemplar y escuchar todo lo que se desarrolla en el campo. Por eso, para festejar la llegada de la buena estación, viene muy bien acordarse de Josep Pla, el gran escritor de las cosas pequeñas, para quien las fuentes, los manantiales, las surgencias de agua, son la quintaesencia del renacimiento primaveral. Para Pla, una fuente, cualquier fuente, crea a su alrededor un determinado paisaje. Un pequeño paisaje fresco e idílico. 

Esa fuente, asentada al borde de la carretera nacional 111, mana entre robles, abetos, encinas, romerales y abedules, un discreto caño de agua que encharca una pequeña tolla, una pradera embarrada. Y allí, al caer la tarde, estridula un grillo, quizá por primera vez tras la última nevada de este invierno. Y lo hace en compañía del tintineo de los cencerros de las vacas brunas. Por encima de las copas, canta un zorzal común.

La anterior era una fuente construida, con caño y pretil. Pero el agua no necesita obras hidráulicas para manar. En La Rioja, en cualquier ladera, miles de manantiales brotan directamente de la hierba para escurrirse por pequeños regatos, sin emitir otro sonido que un tenue rumor. Me recuerda mi querida Fonsorda, murmullo casi imperceptible pero que, sumado al de otros muchos hilos de agua, da voz al vacío de la balsa regante de las huertas de la villa. 

Las fuentes que La Medusa conoce: Fonsorda, Fompodrida, El Piojo, Fuente Nueva, Ongañón, Fuente del Comunero, Del Agua Delgada y hasta la del Agua Dura son fuentes creadoras de un paisaje. Fuentes con pilón o sin él, donde éste es todo un mundo, donde el agua del caño resuena de una manera especial, dibujando acústicamente los contornos de las paredes de piedra de las que mana. 


A las faldas de Peña Isasa, en la villa riojana de Muro de Aguas, el pilón es el vientre de los dieciséis caños que, como ranas comunes, croan al atardecer dejando que la reverberación de la piedra amplifique su voz. Es también la primera barrera que frena a las aguas libres, la primera represa. Es el agua que, de aquí sale domesticada, a través de un riachuelo, para regar las praderas desde las que cantan los trigueros y en las que crecen los chopos que, dentro de muy poco, van a dar soporte a los primeros autillos.

Pero la interacción entre las fuentes y la arquitectura ha ido mucho más lejos. Tanto que hay espacios inimaginables sin el borboteo del agua. Si en el pilón anterior las paredes de piedra realzan el chisporroteo del caño, en otras el sonido se amplifica y refleja la reverberación acústica de la pradera modificada y mezclada con el tañido de la campana conventual, o el canto de los gorriones y colirrojos tizones posados en los aleros del monasterio.

Les prometo que, cuando la primavera se haya asentado, es deseo de La Medusa andar el campo, toparse con las fuentes y relacionar su espacio y sus sonidos como hicieron aquellos jardineros árabes. Estas fuentes, acequias y sumideros también son Arrayanes, aunque las conozcan como La Fuente de los Tres Arcos, la Carrascosa, La Majada, Partecasa, la de los Corrales del Soto, Los Pastores, la de la Plaza, Ompedera, Omvecinos y tantas otras. 

Lo haré cuando floren todos los campos y prados. Ahora no, es que en este primer día de marzo, en  Villamediana de Iregua y en un Rincón para Doce, hace como hacía varias decenas de años: “El aire es frio. Al atardecer,  se suspenden,   sobre la tierra los humos morosos del invierno, las lonchas perezosas de la neblina”.



Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

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