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lunes, 18 de mayo de 2026 in

Mayos de mayo

 



 “No era el miedo un pájaro aterrado

entre oscuras paredes,
ni el nocturno chirriar de la madera,
ni la luna, de pronto, en el armario hundiéndose,
ni el viento agazapado en las cortinas.
Era el miedo un vértigo exquisito
ante el altar purísimo de mayo
y olía a madreselvas y alhelíes.” (Ana Rossetti)


Desde las primeras culturas agrícolas, el árbol ha sido el símbolo de la sacralidad cósmica. Como él, ha de ser renovado, cada año, todo el universo. Árbol del conocimiento. Árbol de la vida. Se le adora, se le toca y se le besa. Se danza ritualmente en torno a él.


En torno a él -chopo, haya, pino o sauce-, armado con gallos, espadas, monigotes u otros símbolos, se jugaba y bailaba, el día primero de mayo, como ante el tótem protector de las cosechas.

Prueba de habilidad y de fuerza, es hoy todavía en algunos pueblos símbolo de la primavera, de la fertilidad; mástiles de la navegación; pararrayos colectivos contra las desdichas del azar; ídolos vegetales, que ni el sol ni la lluvia ni el viento respetan; banderas naturales, pacíficas y multicolores, del reino del aire, del agua, de los vientos y de la luz: mayos de mayo.

 

AGUA DE MAYO

 

Como agua de mayo,

llueve mañana y tarde,

y sin desmayo.

Llueve y llueve de vicio,

todo este sábado,

y llueve y vuelve a llover

sobre mojado.

Y en las orillas entremares,

con arribados,
en sus desfiladeros

y acantilados,

sobre sus embarcaderos,

sobre sus barcos.

Entre los Castillicos

llueve un lluviazo

sobre sus palmerales,

sobre su encanto.

Llueve y llueve de vicio,

todo este sábado,

y llueve y vuelve a llover

sobre mojado.

Como agua de mayo,

llueve mañana y tarde,

y sin desmayo.

Llueve sobre naranjos,

sernas y prados.

Y en el mercadillo

mar diluviado

Como agua de mayo,

llueve mañana y tarde,

y sin desmayo.

 

PRJP: N.º. 35. En Garnacha y con agua de mayo un día del mayo de 2026.

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 11 de mayo de 2026 in

Flores de Mayo

 


 



Flores de Mayo

 

“Intuyo el gris desatado de sus raíces
ahora que el calor huele a lluvia
y a naranjos abiertos la mañana
tarde se descubre mayo
pues hoza el día en los caminos
buscando los restos del hombre
que prendiera sombra
en su mirada.” (José Manuel Ramón)

Hace unos años, Julio Caro Baroja, humanista donde los hubiera, se lamentaba de la desaparición del “ejercicio de las Flores de Mayo”, tan bello y popular antaño, en casi todas las partes de España. Me he puesto a mirar por La Rioja en el hogaño del mayo de 2026 y he visto que sólo en unos pocos colegios de la capital y provincia y alguna parroquia diseminada por algún pueblo a medio vaciar y en alguna romería suelta se mantiene la costumbre. “De nuevo aquí nos tienes, / purísima doncella, / más que la luna bella, / postrados a tus pies”. En mi pueblo las chicas de primera comunión, con sus vestiditos blancos, levantaban los ramos de flores hacia la imagen de la Inmaculada, cuando llegaba el estribillo: “Venid y vamos todos / con flores a porfía, / con flores a María, / que Madre nuestra es”. Bellas y entrañables formas de devoción religioso-cultural, vigentes durante siglos, van desapareciendo, si no han desaparecido ya, de nuestra vida pública y privada. Para limitarme a las formas de devoción mariana: las tres avemarías, el ángelus, las novenas, algunas fiestas de la Virgen, las procesiones, el mes del rosario, el mes de María, las “flores de mayo” … Resiste mejor el rosario y siguen muy vivas algunas romerías, especialmente en este mes. Pero casi nunca hay devociones que reemplacen, acomoden o renueven a las decaídas o decadentes. La tradición de las “flores” viene de lejos. Ya Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (primera mitad del XIV) cantaba: “Quiero seguir /a ti, flor de las flores, / siempre dezir / cantar de tus loores; / non me partir / de te servir / mejor de las mejores”.



Mayo

 Como agua de mayo,

llueve mañana y tarde,

y sin desmayo.

Es el miedo un vértigo exquisito

ante el altar purísimo de mayo
que huele a madreselvas y alhelíes.
Es un mantel de almidonado hilo
con ángeles tañendo entre vainicas.

 Como agua de mayo,

llueve mañana y tarde,

y sin desmayo.

  PRJP. N.º 74 Cuando mayo se desliza por Garnacha.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


viernes, 1 de mayo de 2026 in

CRISTO Y SU CRUZ A CUESTAS




 



 



 

CRISTO Y SU CRUZ A CUESTAS

 

“La luna nos buscó desde la almena,
cantó la acequia, palpitó el olvido.
Mi corazón, intrépido y cautivo,
tendió las manos, fiel a tu cadena.” (Antonio Gala)

 

Es mayo y en su día primero, en Grávalos, es la fiesta del color, de la alegría, del tiempo sin horas y de los pequeños gestos. Es la fiesta del Cristo y de la bajada del Humilladero. No es fácil de entender, ni tampoco de explicar. Es lo que es y punto. 

Desde pequeño aprendí a contar las primaveras a través del Humilladero, del 22 de abril y el día del Cristo en el primer día de mayo. Los dos días definen a la perfección, sin necesidad de apelar a grandes ripios ni metáforas, la belleza de un pueblo que entre abril y mayo se viste de gala para mostrar su cara más acogedora y jovial. El 22 de abril y el primero de mayo, entre la novena del Humilladero y el Cristo Grávalos es clavadito en toda su esencia a ese espejo que nos muestra las bondades de su carácter y las carencias que lo hacen único. Es la fiesta de los primeros amigos y de los primeros besos, del fleco del traje que se lía en el botón de la chaqueta al portar a la Virgen o al Cristo, de esa mirada cómplice apoyado en la reja de la ermita, de esas dos sillas que unían los padres para que durmiéramos el sueño de las noches eternas, de esa calle del Cantón, de los suspiros, rezos y plegarias, del amor y la nostalgia. Por eso, Grávalos es de otra manera. ¡Gracias a Dios y a su bendita Madre!

Vengo a contaros Cofrades algo que me han dicho entre el incienso que trepa por los almendros floridos, cuando perfuman altaneros el “Puerto” y más arriba, en el “Cantón”, entre el aroma de lirios, mientras la candelería enciende mil suspiros, cuando alguien aprendía el oficio de saber llevar un trono con el corazón prendido. Esto me lo musitó, quizá apenas fue un susurro, los sonidos de la banda de música meciéndose con olor a incienso puro y cera de velamen. Esta celebración, convertida desde años en una celebración de las más importantes de Grávalos, es un testimonio vivo de la fe de un pueblo que, generación tras generación, transmite la devoción al Santísimo Cristo de la Cruz a Cuestas y de Nuestra Señora del Humilladero.

Crujen los trabadores bajo el peso de la devoción mientras Grávalos y su feligresía se vuelve un pañuelo de suspiros mientras una marea de sentimientos se derraman por las esquinas cuando el paso del Santo Cristo y su Madre Humilladero parece querer rozar el cielo con la yema de los dedos que abrazan la Cruz. Es el momento en que el tiempo se detiene y la madera y la piedra se hacen carne en las imágenes, cuando el silencio solo lo rompe el roce de zapatos sobre el viejo empedrado y el murmullo de una urbe, que se reconoce en sus imágenes sintiendo que cada esquina, es un latido compartido de su propia historia. Así, entre el revoloteo nervioso de los vencejos y las recién llegadas golondrinas en los aleros, se muestra y expone el respeto de cientos de gravaleños y se presume con orgullo por qué es una de las procesiones más serias, ordenadas, perfectas y costumbrista de la tradición gravaleña.

Al final de la mañana, cuando el silencio se adueñe y se mezcle con los cantos y sones de la banda de música y las luces de los cirios se rindan ante el sol del mayo gravaleño, quedará el eco de una devoción que no entiende de calendarios. Es el misterio de un pueblo que se hace templo y de una madera que, tras años de historia, sigue acunando los lamentos y esperanzas de todo este nuestro pueblo. En ese caminar lento y perfecto de hombres y mujeres y jóvenes y niños bien vestidos Grávalos, no solo ve pasar una procesión sino que se reencuentra con su propia esencia, renovando cada Primero de Mayo ese pacto invisible de fe que mantiene viva su memoria más sagrada. Y así va pasando la mañana. Y así este cronista lo canta. Y así escuché decirme en su gran solemne entrada, otra vez lejano, sólo por kilómetros, tras celebrar el encuentro, ¡Grávalos cómo vibraba!, cuando volví a pediros que a su antiguo templo entrara. Vale.


AL CRISTO CON LA CRUZ A CUESTAS

 

Cristo de “morao” de terciopelo.

Cristo que eres vecino

aunque te lleven a cuestas

por las cuestas de mi pueblo.

Cristo que abrasas balcones

de aplausos y de ilusión.

Cristo que convocas gentes

de cualquier generación.

Cristo de muerte acallada

y de tan gravaleño son.

Repiquetean campanas

meciendo tu resplandor.

Músicas que anuncian al viento

toques de pena y candor.

Cristo de café con leche

y vermut sin relumbrón.

Cristo de pendón antiguo

y cercano callejón

donde tus fieles te aclaman

con blasfemias de aflicción.

Cristo que al pasearte por Grávalos

apaciguas su desazón.

hoy no te portan taramoscos

con túnicas de “morao” inspiración.

Mira cómo vibran tus cofrades

de vivas y de extenuación,

de sollozos a puñados,

rebosando de esplendor.

Mira, al fin, Cristo sublime

que paralizas el pueblo

que musita una oración.

Se apagaron los lamentos

y la cera se apagó.

Concluyeron las cantatas,

culminó la procesión

y los desfiles ahogaron

su triste desolación.

 

PRJP. N.º 34. Desde Garnacha en recuerdo a todos los cofrades que fueron, son y serán.


Texto de La Medusa Paca fotografías la Medusa Paca y cedidas por Jesús María Jiménez y Raúl Fraile. Copyright ©. 



miércoles, 22 de abril de 2026 in

Celebrando un 22 de abril

 



A metro y medio de Ti

sobre tu trono ensalzada

no hay quien en el mundo pueda

aguantarte la mirada.

Unos verán una joven

en sollozos entregada,

otros una mocita

con lágrimas de perla y nácar. (PRJP)

 

Celebrando un 22 de abril

Cuando sale la Virgen de camino hacia la iglesia, cada veintidós de abril después de voltear el campanillo de su ermita, y por la mañana, en Grávalos pasan cosas infinitas. A su paso queda el cruce del “Puerto” al vaivén de los cierzos en un tiempo en el temblor.  Y hay veces que hasta sudan los sillares de piedra “china” de su barandilla y hasta las abanican los devotos mientras la esperan. A veces el remolino del café se lleva el olor de las calas, junto a los lirios, y el aliento de los caminantes. La cucharilla da cien vueltas de impaciencia. La misteriosa mañana parece siempre por venir. Por eso yo, siempre en este día, le suelo tararear a la Virgen, mientras la veo procesionar desde la lejanía, una letra por alegrías de Cartagena que escribió un tal Isidro Muñoz: “Cascaritas de naranjas / a cubitos voy cogiendo / por encimita del agua / cuando el sol ya va saliendo, cuando el sol se va escondiendo, / cascaritas encendías / de naranjas de la mar. / Mañana a la misma hora / recojo un cubito más”.

Hay algo salobre en la Virgen. No sé explicarlo. Su imagen avanza recogiendo cascaritas de naranja, destellos de espuma, el alba húmedo y casi helador del cierzo. Ella es como una desembocadura, ensanchamiento de amor en ese cruce de caminos y en sus cuatro direcciones. La oración que todos necesitamos antes de afrontar la inmensidad de un océano. Por eso durante su procesión la luna es un confeti. Cada trozo de cielo entre los dientes de piedra recuerda las teselas de los pájaros volando hasta la tez de la memoria. Es rosa su pupila. Y su mirada desciende hasta la hiedra de la baranda abandonada en una proyección inexplicable. Dios es cada suspiro en la alborada, un rayo que atraviesa la villa desde los ojos de la Virgen. Su cara nacarada de destellos rebosa en los balcones y en los maceteros de los geranios encendidos como faros.

Yo no sé qué tiene la Virgen Humilladero en su encarnadura que simula arrugas de juventud, pero algo tiene. Cuando sus siervas encienden las candelarias de acompañamiento sale un sol por la cornisa del campanillo que ciega incluso por la espalda, que se derrama por los hombros sobre los pies, que hace estallar las sombras como si la claridad fuera una piedra sobre el tejado. Ese sol hace añicos las figuras. Porque sólo se permite una silueta. Ella. Nada más. ¿Cómo explicarlo? Todo gravaleño tiene su advocación de María, su petición reservada. Pero cuando las campanas de la iglesia de la Antigua y el campanillo de su ermita enloquecen en la mañana de abril para despertar al mundo, no hay nadie en el pueblo que no bisbisee lo que desde varias generaciones se le pide en sus casas a la Virgen del Humilladero. Volver. Abrir los ojos de nuevo ante Ella para ofrecerle otro cubito de cáscaras 'encendías' de naranjas de la mar. Y al regresar, rota la luz y rota la costumbre, yo siempre juego a preguntarle a la margarita que le arranco cada primavera si me quiere o no me quiere. Y ELLA siempre me contesta: ¡SI TE QUIERO!


ELLA

 

Amor de flor de abril,

olor alado,

pellizco de la rosa “encendía”,

almendro, naranjo despojado,

¡avemaría!

alféizar medieval más elevado.

Amor del abanico enajenado

que aventas ante el mar la algarabía

del cuerpo que me da la Eucaristía

y pone a Humilladero en mi costado.

No hay flor que tu mirada no deshoje

y cuente cada pétalo a los vientos,

ni nardo que al pasar no se me antoje.

La Virgen va entonando el miserere

y yo voy deshojando mis lamentos:

que, al partir de tu ermita,

rota la luz y rota la costumbre,

yo siempre juego a preguntarle

a la margarita que le arranco cada primavera

me quiere, no me quiere:

¡Sí me quiere!

 

PRJP. N.º 33 Dede Garnacha y en otro año más, este de 2026.

 

 

Texto y fotografías de Jesús María Jiménez Pérez y La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 13 de abril de 2026 in

ABRIL EN MURCIA

 



 ABRIL EN MURCIA

 

Y tú de las Hespérides antiguas

vergel siempre florido,

coronado de eterna primavera,

feliz recuerdo del Edén perdido;

tú que en la rica jalda

de preciada esmeralda

ostentas en las ramas orgullosas

las bellas pomas de oro deliciosas…(Larra)

 

Estoy en Murcia y he logrado estos días pasear por sus calles logrando convertir mis silencios en algarabía y mis algarabías en silencio. Hoy he hecho lo mismo que hice en mi primera primavera de estancia en esta querida tierra allá por el año 1961. Entonces Murcia me gustó y hoy me encanta y más cuando recuerdo, leyéndolo, a Jorge Guillén: “Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa”.

Murcia tiene elementos, y más en primavera, que le dan un encanto muy visible: dulzura en su clima, claridad en el aire y en los muros, y caserones antiguos, en tonos calientes, sepias, ocres, canelas, según las horas, y los benditos olores de azahar y de jazmín. Plazas apacibles, silenciosas. Hay palmeras, magnolios, grandes árboles. Hay jardincillos y está el Malecón, y la Contraparada y acequias con sabor andalusí y norias y palmerales y naranjos amargos en sus alcorques. Hay paseos y la huerta, hoy ya menguada, cos sus naranjos, limoneros, jinjoleros y verdes moreras y muy cerca montes cercanos de verdes pinares con el santuario de La Fuensantica. Y en medio, la torre campanario de la catedral, como un vigía, con sus ojos, de hito en hito, mirando está y la Catedral con su imafronte, recién restaurado, que ahora estoy viendo, ornado, gracioso, entre la ligereza y la robustez y de un color admirable.

Y en aquellos años de los sesenta, hoy ya no, había por sus calles tartanas, aldeanos huertanos vestidos con blusas negras o grises. Y a la sombra de sus calles, junto aquellas que llaman de Platería y Trapería, tiendas, cafés y el gran casino. Y señores en perpetua tertulia sentados en sillas de enea o de esparto. Y la gente afable y acogedora. “¡Horizonte! Siempre, siempre horizonte. ¡Qué plenitud de cielo! ¡Qué redondez de tierra!” Y claridad, serenidad y equilibrio que transmiten reflejos directos de la luz, colorido del abril primaveral murciano. Vale.

 


ABRIL EN PRIMAVERA

 

La primavera en Murcia

es el canto árabe de las fuentes,

recuerdos de remotas acequias

y patios de paredes encaladas,

geranios que flanquean surtidores

de aguas inquietas

donde reverbera el rosado pálido,

de ramilletes de clavellinas huertanas,

que adornan las fachadas.

 

La primavera en Murcia

es estación adelantada,

lugar donde su reposo se despereza

entre limoneros de hojas que negrean,

desvirgando el azahar.

 

La primavera en Murcia

brota con aromas de plantas,

simple adornos de bancales y alcorques:

 alhelíes y rosas, dalias y clavelones,

jazmines y albahacas,

jacintos y varitas de San José,

 retablo improvisado

con sabor a marinera y caña sudorosa

evocando bordados de jungla y sus refajos.

 

La primavera en Murcia

es echarle el alboroque al invierno

en la mota del rio

o cañares altivos

junto al mar.

 

PRJP. N.º. 31, Paseando por las calles de Murcia un día de abril recordando mi juventud



Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 6 de abril de 2026 in

Soledad postvacacional

 


 

 

Estos días son el preludio de unas mañanas de oro, una explosión de luz que son, en realidad, un Pentecostés anticipado, pasados los días vacacionales de Pasión. Si hay lágrimas, son de puro gozo; si hay suspiros, son de satisfacción porque el olor a azahar ya está en la calle y porque las playas han dejado de estar de bote en bote. Ya despabila el frescor de las mañanas marmenorenses, que se agradece, más bello que quepa en el recuerdo. Hoy, lunes de Pascua, es el día de las manos infantiles extendidas, de las miradas que reclaman un caramelo elevado a agasajo elegante y de las monas con huevo, regalo de los padrinos y madrinas a sus ahijados, que, al mediodía, se convierten en el sustento sagrado que cada murciano custodia en el seno de su amor.

Y aquí, en el parque frente a Garnacha, a dos palmos de la nariz, ya comienzo a percibir el aroma de las flores al mismo tiempo que las copas de los plataneros, que ya han perdido el amarillo del invierno,  y las crías de los pájaros aprenden a piar al caer de la tarde. Intuyo que cuando las manecillas avisan para poner a piar a los vencejos, el reloj de Garnacha marcará el momento preciso en el que el atardecer dorado en la bahía del Mar Menor, igual que el tono cenizo de sus playas, ahora ya semi vacías, se convierten en una paleta de colores que pinta el cielo que flota sobre el parque, antesala de la bahía. Las horas avanzan de manera pausada sin el ritmo de los días precedentes. Ahora cada minuto dura como dos. Cuando llega la hora del fin y hay que irse al afán de cada día Garnacha aguanta el minutero. El reloj parado en los siglos es este que cada día a partir de ahora me da la hora que sueño en las estancias de la casa, aquí en el Mar Menor, cuando ya atardezca y el silencio llega desde el mar. Vale.

 

Soledad postvacacional

 

Nada es igual

cuando el silencio llega

desde la mar.

Nada es igual.

Solamente es el mar,

sus luces escondidas,

su quietud y su sal,

solamente la espuma

y de nuevo la mar

con sus sordos silencios

y su soledad.

 

PRJP. N.º 30. En Garnacha el día posterior al domingo de la Pascua de Resurrección.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 30 de marzo de 2026 in

Domingo de ramos ¡Vamos…!

 



Domingo de ramos

¡Vamos…!

 

“Las procesiones en Murcia

son dignas de admiración

porque te dan caramelos

de fresa, menta y limón”. (Popular en un envoltorio de caramelo)

 

El Domingo de Ramos, que celebramos ayer, fue una capa al viento en la avenida de cuando era niño. Una varita que convirtió el dolor en caramelo en el color azul de Garnacha. Fue el brillo de la vida reflejado en los zapatos. El estreno que aguarda mi memoria y salva mis manos. El traje y la puntada. Un globo que huye a lo divino y un suspiro que lo persigue. El sol que modela la canastilla de mi pasión y la banda abriéndose paso en el mar de almas que lo esperaba.

El Domingo de Ramos fue siempre para mí el primer “Taramosco” en la esquina de mi conciencia, al que no pude mantener la mirada. Fue el Dios que anda por las ramas de un olivo, por la palma de mi alma, por la luz de mi camino y por el pórtico de mi iglesia.

El Domingo de Ramos transcurrió como una rozadura en la memoria, de besos que se fueron. La fuerza que perdura de mi primer cirineo. Un olor a colonia de aquel limonero. Un golpe de campana en honor a los muertos. Un tambor que redobla al fondo de mi pecho.

El Domingo de Ramos es la vida que pasa y la que llega. La vivencia que se queda. Es la mano que te falta y la que ofreces, y esa cruz que las esperas. Un sueño en la procesión. El sí de la madre. La mañana que se explaya, la tarde-noche que refresca. La sombra que araña el olor a incienso de recogida. La Gracia que da vida. La pena que se estrecha. La espera que termina. Vale.

Domingo de ramos
¡Vamos…!

Transcurrió la mañana,

era de Doménica,

entre ramitas de olivo

y muchas palmas,

algunas pequeñas,

otras blancas,

trenzadas e historiadas,

que los chiquillos movían

como si fueran banderitas

de palmera ilicitana.

Cuanto campo dentro,

cuanta sencillez rural y campesina:

un borriquillo,

unas ramas de palmera

y unas ramas de olivo.

Por ahí, campo mío,

qué sagrado eres,

qué bíblico,

qué divino

Domingo de ramos
¡Vamos…!

 

PRJP. N.º 29. Domingo de Ramos en Garnacha y contemplando la mano de una niña pedir un caramelo

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.



lunes, 23 de marzo de 2026 in

Despertar primaveral

 


Así comienza a despertarse la primavera en el paraíso

 Lo que bien se concibe bien se expresa, con palabras que acuden con presteza.


 El repartidor está cantando una minera. Dan la una en el reloj de la iglesia de la Ciudad del Aire, siento que sopla el lebeche. Todavía la luz es tímida, no entra en conversación. Se mezcla el olor de los guisos con el de los naranjos rotos. Erupción de blancura. Por la avenida del Ejército del Aire, el silencio. En el parque, junto a las palmeras, alguien ha pegado una careta en una esquina que me saca la lengua cuando me asomo desde Garnacha. Puede que sea un homenaje al teatro de doña sardina que entró hace unos días por aire, mar y tierra. Los guiris han descubierto el DLE. Saben decir picatoste. Los indigentes aún roncan en el parque junto al monolito. Y en la Fuensantica de Pedro todavía bullen un cabildo de trasnochadores o madrugadores dispuestos a trasegar. Falta un tris para que la Ribera se desperece este domingo de Cuaresma y está todo puesto. Ahora sí da conversación el sol. Alguna nube lo calla de vez en cuando, pero él tiene ganas de hablar para que lo escuchen los grupos que hacen el tour en bicicleta por la orilla de los dos mares, gente poco acostumbrada a su idioma. Para el nórdico esto es calor. Para el nativo es rasca.

Y nosotros hoy, elegantes y puestos, pendiente no de la belleza, que es una vulgaridad como todo lo que se tiene o no se tiene, sino de las formas, de las maneras, del saber estar y el saber tratar, que es lo único que importa, nos fuimos a comer a La Fuensanticade Pedro, aquí en La Ribera, después de que hace días desembarcaran, aterrizaran o pasearan la sardina junto al coro de sus sardineros. Lo hicimos la mamá, Marta, Vega Abel y el que esto escribe. Comimos de Cuaresma: unos tomates partidos y aliñaos, una fritura de pescado del Mar Menor, que estaba deliciosa, una sublime ración de callos, generosidad de Pedro, y un bacalao encebollado primoroso, todo ello regado con unas copas de verdejo, por supuesto de Rioja y, para finalizar, unos postres caseros, fundamentalmente torrijas, de las de chuparse los dedos. Para rematar unos orujos, poleos menta y cafés. Y como La Fuensantica de Pedro está a unos cien pasos de Garnacha, terminamos y nos cobijamos en ella porque la tarde caía fría.


 Se me olvidaba decir que con la comida celebramos dos cumpleaños de un tiro, el mío, ya pasado, y el de Marta por venir. Ya saben: “Lo que bien se concibe bien se expresa, con palabras que acuden con presteza”. Así comenzó a despertarse la primavera en el paraíso.

 


De todas las viandas servidas y degustadas me detendré en el plato de bacalao encebollado que nos prepararon Pedro y Tania y Víctor en la sala. Los otros, no por desmerecer sino por espacio, los dejo para otros posts, al que añadiré el de arroz caldero.

 Delicioso el bacalao encebollado: una receta tradicional y llena de sabor con unas buenas cebollas caramelizadas. Su aroma, que flotaba en el ambiente, nos atrapó despertando algo primitivo. Hay recetas y luego está ésta: la que revoluciona platos de bacalao en sus distintas texturas y la que puede poner nerviosos de felicidad a los veganos. La cebolla caramelizada no era sólo un acompañamiento. Su dulzor apareció de pronto al morder una lasca bacaladera, era una textura como para untar en una buena rebanada de pan entre la melaza y el terciopelo, tanto que nos dejó huella y ganas de repetir y fue la clave para meter en ella esos buenos lomos de bacalao desalado como en este caso. Al verlos en el plato me dio la sensación de que, para ahorrar tiempo y darles sabor, se caramelizaron el día anterior, yo hubiera agradecido que les hubiesen dado un toquecito picante que tan bien le va al bacalao.

 Confirmo, después de degustarlo y saborearlo, que este plato es de los que enarbolan el “menos es más” en esta cocina de La Fuensantica de Pedro está, por su sencillez, el gran éxito del plato. La clave en este caso y en otros muchos de la cocina de Tania y Pedro y Víctor en la sala, es que los ingredientes son de primera: tanto el bacalao, que funcionó fenomenal desalado, como la caramelización de la cebolla. Eso sí que es echarle cariño al plato. Para mí era un plato calmoso, casi de paciencia monástica, donde la cebolla se hace. No, no, no estaba frita, no asada, sólo transformada sobre el fuego bajo, donde los azúcares de la propia cebolla fueron pochados en sus jugos, sin atajos. Solo tiempo, una olla y sartén amplia. De ahí que su sabor fuese limpio, prístino, con una melosidad única, imposible de replicar si la prisa hubiese andado entre los fogones de Pedro.

Dicen los clásicos que para caramelizar una cebolla hay que elegirla dulce, siempre que se pueda. Ella trae más azúcares, responde bien al calor lento, y suelta sus jugos puntualmente. La cebolla blanca, simpática y delicada. La morada, un poco más intensa, más profunda. El verdeo, con su aire fresco. Cada variedad deja su propia huella en el resultado final y elegir bien da un giro absoluto al plato si, además, como en nuestro plato, se evitan las grasas y los azúcares añadidos para marinar en una opción ligera, amiga de cualquier dieta sensata. Y en un celestial plato y en un bocado nutricionalmente honrado.

 Nos levantamos y no hubo más, sólo un ¡Vale y que aproveche! Y la verdad que nos sentó bien. Gracias Pedro, gracias Tania, gracias Víctor y hasta la próxima que será con un arroz caldero que, cuentan los buenos paladares, está sublime.

 

Fotografías y texto de La Medusa Paca. Copyright ©.


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