Naturaleza

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lunes, 19 de enero de 2026 in

La primera flor de almendro

 


 

 



La primera flor de almendro

 

¡De pronto hoy me ha sorprendido

este almendro florecido!

¿Quién lo puso en mi camino,

heraldo de alto destino?

¿Quién lo cubrió con un tul

de radiante e inmensa luz?

¡De nuevo me ha sorprendido

el almendro florecido!

¡De nuevo, dando a mi paso

dimensión de eterno abrazo! (PRJP)

Es el primero. O al menos lo viene siendo desde que el camino hacia las salinas de san Pedro forma parte de la rutina diaria de quien relata. Pelado, leñoso, de ramas que de enjutas aparentan muertas; se antojaba difunto de agostado y puro mustio y reseco. Parece mentira que la savia aún corra por sus xilemas y sus floemas, que son los vasos sanguíneos del sistema circulatorio arbóreo. Y un imposible que semejante leño haya podido parir una flor, la primera flor de almendro que, este año de 2026, me sale al encuentro para saludarme y recordar que todavía está vivo, tanto que aún le quedan frutos del pasado año.

El caso es que llevaba alguna semana avisando. Esas yemas apretadas habían empezado a blanquear. Reventonas, anunciaban que querían romper a flor, asomarse al mundo sin saber el frío que hace aquí fuera. Una insensatez vegetal como otra cualquiera. A quién se le ocurre.

Pero bienvenida sea, en cualquier caso, la primera flor, mi primera flor de almendro de la temporada. Aquí al lado, donde los caminos del Mojón y las playas alicantinas del Pilar de la Horadada se cruzan entre naranjales, limonares y algún almendro suelto, hacia las playas y urbanizaciones, justo donde se funden la Comunidad Murciana  y la Valenciana en su provincia de Alicante.

Conozco por un amigo del Campo de Cartagena que la agronomía es el conjunto de conocimientos aplicables al cultivo de la tierra y que contempla que, sólo cinco especies de almendro de las muchas y muy diferentes que se cultivan en España, tienen su momento de floración en la segunda quincena de enero. A saber: Desmayo, Largueta, Rammillete, Garrigues y Carreró. Claro que esa previsión la pinta para el sureste español, que es por donde hoy he paseado. Y, que yo sepa, la floración de los almendros en mi Grávalos natal no encaja aún en ese cuadrante. O sí, si tengo en cuenta ese cambio climático que, dicen, desajusta todos los relojes. Vale.

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 15 de diciembre de 2025 in

Días de niebla

 




Días de niebla

 

“¿Dónde voy a meterme en este invierno?
Abierta la ciudad, me agarra extraña.
¿Ebrio estaré de ese candado eterno?
Quiero mugir a tanta puerta huraña.” (Ósip Mandelshtám)

 Estas mañanas en la Rioja son frías, heladoras, como todas las de diciembre cuando el año tiene prisa por terminar. El cielo pelea entre dos luces, las primeras y las últimas, aunque apenas se ve pues la niebla impide que las farolas lleguen al suelo. La calle desierta, las aceras con escarcha y el pan se cuece en el horno de los más madrugadores. Un coche avanza por la calle Portillo a trompicones, el esfuerzo escupe humo por el tubo de escape, mientras que el frío del motor le obliga a coger aire para continuar su marcha.

Hoy junto a la melancolía nebulosa me toca elegir y lo hago como escribió Antonio Machado en Los Complementarios creyendo lo justo en la originalidad literaria. “Si me obligaran a elegir un poeta, elegiría a Virgilio. ¿Por sus Églogas? No. ¿Por sus Geórgicas? No. ¿Por su Eneida? No. Optaría por él 1º: Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos de otros poetas sin tomarse el trabajo de desfigurarlos. 2º: Porque quiso destruir su Eneida, ¡tan maravillosa! 3º: Por su gran amor a la Naturaleza. 4º: Por su gran amor a los libros”. Es, por tanto, lo que hoy le da ocasión a la Medusa, en estos días con niebla, para describir sobre la mirada sostenida de aquella chica paseante por la orilla de mi playa, la brisa de una noche de verano en la playa Castillicos que me trae música de una verbena, el color dorado de membrillos en otoño, el aroma de las manzanas que llenaban el aire de las cocinas, la gota metálica del deshielo que caía del cobertizo en febrero sobre la leña mojada apiñada ordenadamente en la teinada.

Yo sé que, con el tiempo, esos lirismos ridículos adquieren un valor perenne o se olvidan, porque todo el mundo suele participar de esas sensaciones leves y efímeras. Es, pues, por esas sensaciones eternas por las que hoy me permiten recordar ese: Cantaoh diosa, la cólera del Pélida Aquilescólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Orco muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles., Este comienzo de la Ilíada la escribió uno que después se llamaría Homero y es eterno. Vale.


 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 10 de noviembre de 2025 in

Olor a higuera




Olor a higuera

Entre dos luces suele haber media luz y sólo de higos a brevas se dan cuenta algunos de que viven en la higuera. (De mi andar y mi pensar)


Esta mañana al alba, como acostumbro, he salido a caminar por las orillas filosóficas de entre mares, allá por donde antiguamente extraían sin descanso el agua del Mar Menor para depositarlo en las balsas de almacenamiento donde el sol iría evaporándolas hasta dejar sólo la sal.  Esta ruta, hoy convertida en camino de paseantes para peregrinos devotos de la soledad, atléticos senderistas, viandantes solitarios..., la utilizo yo diariamente para ponerme en paz conmigo mismo, aclarar mi vista ante la actual confusión beligerante, desenredar mis pensamientos ... Y junto a mis reflexiones he vuelto al pasado imaginándome esas monumentales higueras que hoy me sorprendieron afables con sus buenos días. Y, entre los mil olores que perfumaban mi camino, quise yo encontrar un adjetivo que mejor definiera el olor a higuera. Pero la vi tan subida y ebria del resplandeciente cielo, que me contagió su borrachera..., y no he sabido a qué olían sus apacibles hojas y sonrojados frutos.

El calor moribundo de estos primeros días de noviembre pintaba brillante el verde turgente de sus nutridos pámpanos. Y el aroma original que exhalaban sus ramas, cargadas de alas, polvoreaba mis narices curiosas. El olor no era nuevo, me traía recuerdos de infancia, de cuando me acercaba por senderos de sisca, huerta y agua..., a comer higos en las higueras soleadas y fecundas de ese Maquiz de huerta todavía fértil, hasta que llegaba a un pequeño trozo de tierra feraz, donde un conjunto de higueras me recibían, me abrazaban como madre que espera a sus hijos sudorosos de regreso a casa con la cántara de agua dispuesta y fresca. Y lo mismo que el fuego, ayer de la tahona, exhalaba bendito su olor a pan, cuando pasaba por delante del horno del callejón ancho, hoy el aroma de la higuera... lo siento, pero por más que lo intento, no consigo dar con el nombre que mejor se preste para definir su viva esencia. Y rebusco en vano por mi memoria aromas distintos, apropiados, específicos que atrapados quedaron entre los pliegues acartonados de mi cerebro a lo largo de mi áspera y a la vez perfumada vida. Si dulce decía, no me cuadraba; si amargo, me sobrepasaba; si agrio, me excedía. Y así un buen rato.... Hasta que aburrido me dije: Los muertos huelen a muerto. La vida huele a vida. Y esta higuera en verdad a lo que huele es a higuera. Y este olor que siento es el que mejor le sienta. Las cosas huelen a lo que son. Vale.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©. 

sábado, 13 de septiembre de 2025 in

MI INFANCIA Y SUS PÁJAROS

 

Chiringuito de secano

“Ella esperó los días de verano,
Ella esperó más de siete años,
Todos los años pasaba un transeúnte.

Ella esperó los días de invierno,
Y su cabello estaba a la espera
De recordar la luz.” (Maurice Maeterlinck)

 

MI INFANCIA Y SUS PÁJAROS

 En mi infancia muchos de los pájaros que volaban a mi alrededor tenían un plumaje negro (tordos, cuervos), en blanco y negro (alcaudones, golondrinas, cigüeñas, vencejos, aviones, urracas), o de colores parduzcos y terrosos (gorriones, ruiseñores, alondras, cogujadas, malvices). Esta sobriedad cromática armonizaba bien con el espíritu sombrío de la época o les servía para camuflarse y desafiar nuestra inconsciente crueldad (producto también de aquellos tiempos). Sobre dos de ellos pesaba una prohibición ancestral no escrita, un tabú religioso que los convertía en intocables. Las golondrinas le habían arrancado las espinas de la corona a Cristo; las cigüeñas anidaban muy alto, muchas veces en sagrado, y servían de volátil excusa para no explicarles a los niños la elemental biología de la reproducción.

Pero existían unos pajarillos alegres de canto y de plumaje. Su nombre más común es el de cardelina, pichentes, verderones, zorzales, tórtolas, pinzones, jilgueros, pardillos ... Nosotros, remarcando sin saberlo su feliz rebeldía contra aquel mundo en blanco y negro, los llamábamos colorines. “Chui, chui, ya han caído”, eran los tiempos de nuestra juventud, recordó mi amigo después de dar vuelta a sus cepillos o costillas con su respectiva aluda, hormiga con alas, revoloteando en el “chicholete” del cepillo, que nos servían para cazarlos de las más diversas maneras, con red o con esa liga casera, pegamento natural, que se untaba a lado del cebo, y se colocaba encima de los zarzales o ramajes resecos, debajo de la higuera, debajo de la parra, recién vendimiada, sobre cardos, lentiscos, haramagos y en los calvas de los encinares. Todo esto son recuerdos de mediados y finales del siglo XX y es mi experiencia con amigos de siempre y de tiempos pasados. Eran días de holganza, de diversión y, sobre todo, de disfrute gastronómico: era un alimento saludable, que aportaba alto valor nutritivo y se digería con suma facilidad. Vale.

PD. El público urbanita no sabría hoy ni procesar ni cocinar los animales cazados, ni cuenta en sus viviendas con el lugar y los medios para hacerlo. Siempre recordaré, ¡ay amigo!, va por ti, gran gastrónomo y cocinero, que cuando asaba unos zorzales introducidos en un pimiento morrón, los servía a la cuadrilla pronunciando inexorablemente aquella frase: “hoy vamos a deleitarnos con el sabroso sabor rojo de la huerta y el pajarillo asado más chico que pueda comerse”. Que aproveche. Días.

 

Nido de gallareta

Texto y fotografía de La Medusa Paca. Copyright ©.

 

martes, 6 de mayo de 2025 in

CAMPO ABIERTO, CAMPO DE MAYO

 


 




CAMPO ABIERTO, CAMPO DE MAYO

En el atril de mayo veo, ordenadamente colocados, los versos de Juan de la Cruz y de Juan Ramón, que el de Fontiveros y el de Moguer tenían mucho mayo en su fe y en su tinta. Y esos versos, perfectamente organizados, los leerá la voz de la luz, que preguntará y contestará a un tiempo. El campo que Dios ha sembrado no tiene igual. No hay quien compita con esta hipérbole de margaritas, malvas, jaramagos, amapolas, romero, lirios, jaras, hinojos, azahares

 “Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras». La luz lee despacio. Lee y, a veces, de reojo, mira cuanto le rodea. Y pregunta: «¡Oh bosques y espesuras, / plantadas por la mano del Amado! / ¡Oh prado de verduras, / de flores esmaltado!, / decid si por vosotros ha pasado”.

Sí, habrá pasado. Si no, ¿cómo se explica el milagro, aquel que asombraba a otro genio –¿o debo escribir “jenio”?–, de Moguer, por más señas, cuando se asomaba por días así al campo y decía:

“Abril venía, / lleno todo de flores amarillas, / amarillo el arroyo, / amarillo el vallado, la colina, /el cementerio de los niños, / el huerto aquel donde el amor vivía…”.

Se asombraba, como Juan de la Cruz, como yo, como las nubes que viajan, como el aire que pasa, como los pájaros que todo lo ven desde allá arriba… “¡El día / era una gracia perfumada de oro, / en un dorado despertar de vida!. Los dos de la mano, Juan de la Cruz y Juan Ramón, describiendo el milagro de Dios. Si el de Fontiveros, “… Mil gracias derramando, / pasó por estos sotos con presura, / y, yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de fermosura”. Si el de Moguer: Con la labor de la Mano y estas dos voces, el campo es un altar ante el que hay que arrodillarse. Miremos los sembrados y los campos espontáneos, los árboles, los ríos, las flores que cantan cosecha, los verdes únicos… “…Mi Amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, / el silbo de los aires amorosos…”.

 Campo abierto, de todos; campo feliz, campo rebosante, enamoradamente mío, mío, mío… En lecho de luz quiero quedarme “entre las azucenas olvidado…”. Vale.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


viernes, 21 de marzo de 2025 in

A resguardo del chiringuito

 



A resguardo del chiringuito

 

¡Por Dios, que llueva!

Que llueva, hasta que el campo

tenga que poner a secar

al sol sus ropas de cama.

¡Por Dios, que llueva!

una lluvia floja,

una lluvia triste,

una lluvia que llora.

¡Por Dios, que llueva!

Yo he visto, por estas tierras playeras y sentado en el BLUE TROCADERO, allí en la playa Castillicos, a gente que se refugia cuando aprieta la tormenta en la taberna o el cubierto del chiringuito. Del tiempo que dure el chaparrón depende el punto de alegría con el que llegarán a casa. Si jarrea de forma continua, Sergio, pon otra pinta, que no veas la que está cayendo. Si para de repente, Paco, cóbrate, que voy con prisa. Y es que aquí las alcantarillas expulsan agua, no se la beben. Y los alcorques son hermosos aljibes murcianos cuando llueve tres días seguidos.

Me estremece cuando diluvia por estas tierras mediterráneas, con Dana o sin ella. Tanto me atormenta que, muchas veces, he llegado a interrogarme: ¿A qué cerro me subiría, si descargara tanto? A ninguno, por aquí no los hay. ¿A la torre de la iglesia, quizá? Tampoco, quedan muy lejos. ¿A las azoteas más altas? De ninguna de las maneras, no, están a ras del suelo ¿A un poste de la luz? No los hay, hace tiempo los eliminaron ¿A las palmeras más altas de la vera del paseo? No podría; otros habrían llegado antes que yo. Ya lo tengo, me agarraría al letrero luminoso que anuncia el BLUE TROCADERO después de que se hubiesen fundido los plomos y desaparecido la corriente y quizás para entonces ya lo hubiera arrastrado hacia el Mar Menor el torrente.

 Y acabo y junto a un gélido verdejo: ¡Claro que aquí no saben vivir con lluvia! Y a mucha honra. El murciano, cartagenero, sampedrino o javiereño pierde tres paraguas al año o más, uno por cada día que llueve, porque siempre sale de su casa a pelo y se tiene que meter en un bazar, chino por supuesto, a llevarse uno de urgencia que luego, cuando se va del sitio aprovechando la clarita, se deja olvidado. Aquí los paraguas son de usar y tirar. Y como me dice un lugareño sentado a mi lado “donde quiera que haya agua se podrá trillar”.

Aquí quedo dejándola caer, mirándola como corre y sintiendo como empapa todo. Vale.

 

¡Oh, Mar Menor,

oh, chiringuito!

Ya volveremos,

mi lluvia y yo a tu orilla.

Mar, viejo amigo...

Ya volveremos.

Cuando otra vez mi silueta

haya su luz perdido…

¡Oh, Mar Menor

oh, chiringuito!

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.

 

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