Etnografía

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jueves, 4 de junio de 2026 in

HASTA SEPTIEMBRE

 





HASTA SEPTIEMBRE

 

Los auroros son una tradición secular en la región de Murcia, sobre todo en los pueblos y pedanías de la huerta. Es aquí y recordando las fiestas de San Juan, San pedro y San Pablo e investigando en sus tradiciones donde me he encontrado esta letrilla sencilla e ingenua en la fiesta del patrono de la villa y de la Iglesia universal

 

Es san Pedro de la Iglesia
la piedra fundamental,
el primero que ha ocupado
la silla pontifical.

Es muro de fortaleza
contra el dragón infernal
(bis)

Por más que el infierno
vomite maldad,
la Iglesia de Cristo
no perecerá.

Pues lo testifica,
pues lo testifica,
pues lo testifica
la eterna Bondad.

Es esta una manera pueblerina de decir aquello de “Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos y lo de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre la roca de Pedro”.

La Medusa Paca se va de vacaciones, pero a pesar de ello, se dedicará a seguir estudiando, escribiendo, además de disfrutar del justo descanso necesario, y para ello buscará en estos dos próximos meses veraniegos lugares propicios para todo eso: en sus archivos y en esos parajes en paz y sosiego que ama. A comienzos de septiembre, como en años anteriores, continuará estos apuntes breves y sinceros sobre la navegación vital de cada día, si el Deus sive Natura (en este caso, sí) coopera desde su hondo fundamento imprescindible.

Los calores, el cansancio, el ajetreo de las vacaciones, los viajes… Todo es motivo como cada año para entornar las páginas del cuaderno de la Medusa Paca.  Por lo cual lo entorno, lo cierro y lo guardo hasta el primero de septiembre, como hice el año pasado.

Quedo leyendo el último libro de Antonio Munñoz Molina: El verano de Cervantes, y me gustaría que, al volver, no tenga que darme de bruces, también desde aquí, con un disparate histórico, de imprevisibles consecuencias. Los “eternos temas” serán, al final de las vacaciones, más o menos, los mismos. Y los no eternos, que nos preocupan, tal vez se harán más insistentes y hasta más agobiantes. Tiempo (vida) habrá para ello, si Dios quiere. Así que hasta septiembre. ¡Pluriman salutem!

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 23 de febrero de 2026 in

Después del Miércoles de Ceniza

 

 



Después del Miércoles de Ceniza

“Y yo he de bailar,
con mi vestido gris de polvo y niebla,
frente al cielo amarillo y el sol frío,
sobre tus rosas y arrayanes muertos,
arrastrando mis alas desgarradas
igual que un breve cisne de las flores.”
(Julia Uceda. De: Mariposa en cenizas, 1959)

Hace cinco días me señalaron con la ceniza que nos iguala a todos en la laboriosidad, también en el ocio, y nos recuerda ese final, que en realidad es el principio. Dudo de la fe en la que vivo y espero morir cuando sea “el olmo seco y viejo hendido por el rayo”. Voy ya camino del equinoccio, entre vientos y lluvias, baños, caminos andados y soles tomados, pero con el eco de los pasos sobre aquellos huertos donde siempre madura el limonero.

Caminante, esto se va acabando. Ya no arrecia el repiqueteo de la lluvia en la cristalera y ventanales del porche de Garnacha porque no hay campo que pueda con tanta agua. Todo se templa en el campo y en la huerta hasta hacer llorar a los naranjos. Voy bajando la rampa de este calendario fugaz mientras vuelven los colores a las jacarandas y a los paraísos del porvenir donde todo empieza cuando el sol se me muestra invicto.

Es hora de lo efímero, mientras, como el poeta, en estos cuarenta días azules, “mi corazón espera/ hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”.

Ya todo es distinto. Las tardes son menos tarde en las postrimerías del invierno y acaban vistiendo las nubes de pan de oro. Vale.

 

Fotografías cedidas y texto de La Medusa Paca. Copyright ©.

 

lunes, 9 de febrero de 2026 in

Recordando los pasillos, mientras llueve fuera

 


 



 Recordando los pasillos, mientras llueve fuera

Y llegó al fin, como una mies madura,

a inclinarse mi ser, y quiero tenga

nidos mi cimentada arquitectura.

Dejando un rastro malva en el rocío…,

morir como una flor en el crepúsculo,

sintiendo que el barranco se hizo río.

Hoy estoy sintiendo a mi alrededor aquello que me empodera y me conduce a dar sentido a la vida. Voy remontando el río de la memoria desde aquellos gratificantes años y hasta me adentro en aquellas aulas de aprendizaje y educación donde humeaban los cuadernos y libros, plumas y lapiceros, surgía el aprendizaje en la resolución de problemas, las amistades, el soñar con objetivos y los grandes esfuerzos que todos teníamos que hacer para ir superando los cursos, que los profesores, no lo dudéis, cocinábamos con tanto amor.

Os recuerdo, queridos alumnos, a esa edad en que vuestros padres ya no os entendían; en esos años en que vuestro hermano pequeño seguía de rodillas; en esos tiempos de pestillos cerrados y venas abiertas, siempre os quedaba la isla, esa isla abierta, que era el instituto.

Sucedió hace mucho, ¿lo recordáis? Como un brotar en una mañana lluviosa de los muchos febreros que fueron pasando. En vez de una cuenta en Instagram, teníais una carpeta forrada de fotografías. En vez de un muro de Facebook había una tapia, la que daba al pabellón, donde poníais de todo.

No había WhatsApp y aun así mandabais mensajes. Os llegaban en papeles doblados y furtivos. Como un sobre sorpresa del Monopoly contra el tedio de los quebrados. “Luis está por ti”. Y eso sí que era una sorpresa: porque vosotros dejabais de ser chicos.

La clase era un autobús con los asientos alineados desordenadamente, una excursión que duraba nueve meses, treinta y tantos sacos de hormonas desatadas. Se pasaba una lista que te sabías de memoria y que todavía recuerdas. Concepción Mardones, Marta Echevarría, Jesús Arruego, Antonio Escrich, Estela Chocarro, Mariano Sánchez... Y si te apellidabas Vilchez rogabas a Dios que empezasen a preguntar por orden alfabético.

Si querías ligar tenías que dar la cara, salir de la cueva. Se pedía amistad en persona. Y los “me gusta” se decían a 40 centímetros del otro. Si te había salido un grano descomunal en la frente el día de marras, no había Photoshop ni hostias en vinagre que te lo fuera a borrar. No tenías Tinder, pero habías crecido con verdad, atrevimiento o beso.

Sólo había que elegir entre ciencias y letras, Ética o Religión, Latín o Griego. Y si eras de la ribera baja del Ebro, pegando a Calahorra, hasta que os separasteis, marcabais tendencia en vuestras expresiones y hasta en las formas de vestir.

Al matón, que existía, lo perdíais de vista cuando sonaba el timbre porque entonces no podía perseguiros por el móvil. Todos salíais pitando, con alma que lleva el diablo o chutando con una pelota, siempre con una pelota. Porque vuestros deseos eran redondos.

Nos vituperábamos a secas, sin anglicismos y en español. Los virus eran menos virales: no recuerdo ni un sólo catarro como los de ahora. Las cosas se llamaban por su nombre. La nube era una nube. Un trol era el ser antropomorfo que salía en David el Gnomo. Si algo os gustaba ibais a por ello y no hacíais clic. Y la calle era una pantalla de Arcade que nunca te pasabas.

No os gustaban los finales. Los exámenes terminaban todos igual: “cinco minutos y recojo”.

Luego recogimos. Luego nos separamos. Luego crecisteis. Luego vinieron otros chicos. Y ahí sigue aquella isla llena de tesoros, lianas y animales salvajes que era el instituto, vuestro, nuestro Instituto, “el Pablo Sarasate”. Vale.

 

Mi voz quede en la nieve y la perfore

en busca de otro prado y otras aves,

para que un trino celeste la enamore.

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


miércoles, 31 de diciembre de 2025 in

No es vieja la Nochevieja

 



No es vieja la Nochevieja

La ola lleva
los reflejos del sol:
tarde de invierno.

No acaba nada esta noche,
ni es vieja la Nochevieja.
No empieza nada de nuevo,
ni es nuevo el año que empieza.

La ola lleva
los reflejos del sol:
tarde de invierno. (PRJP)

Un amigo, que es a la vez tabernero, poeta y filósofo... que va pegando en las páginas de su vida sus ideas, pequeñas sentencias sobre la vida y la ciudad y que cuelga de las paredes de la taberna donde trabaja sus pensamientos y reflexiones dignas de alguien que puede ser considerado un millonario contemporáneo porque, como me dice, “vive para lo que le emociona”. Hoy, a la hora del aperitivo, me ha lanzado lo que sigue delante de una copa de verdejo acompañada de unas huevas de mújol y el aderezo de unas almendras marconas Hoy es el epílogo del prólogo de mañana, como cada año”. Y yo, especulando junto con él, y siendo enemigo jurado de los matasuegras, las uvas, los tubos lanzaconfeti y los brindis con champán barato, me he preguntado: ¿Noche vieja? Todas las noches son viejas, tan viejas como el mundo. O muy nuevas, novísimas, sin estrenar. Todo depende...

Ciertamente, amigo tabernero, ya hemos llegado al último día del año y esto nos conduce a pensar que el ciclo de vivir se desarrolla en consonancia con el ciclo de las frutas de temporada; con el tiempo de las mandarinas, naranjas y castañas; con el de las cerezas, fresas, melocotones, uvas, manzanas reineta, pasas, de los higos secos y de los orejones. Y de escarolas, cardo, berza y coliflor.

 La vida, amigo cantinero, consiste en atravesar la naturaleza con sus ríos, mares y montañas, con sus lluvias y vientos, nieves, tormentas, cielos azules, brisas placenteras, catástrofes, cataclismos y soles radiantes. Y al final el cuerpo caerá del árbol como una fruta madura sobre un lecho de hojas amarillas. Siempre he pensado, y te animo que tú también lo hagas, que ser joven consiste en hacerse preguntas; y ahora, que ya soy abuelo, medito en qué consiste ser anciano y llego a la conclusión que ser viejo consiste en creer que se tienen ya casi todas las respuestas. La edad no cuenta. Ya que el tiempo está en poder de los relojes y calendarios que nos señalan que va a empezar el año 2026. Para un joven será un año más; para un viejo será un año menos, pero la vida es como el acordeón que puede tocar la misma bella melodía cuando el fuelle se expande y cuando se contrae. Vale.


Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 22 de diciembre de 2025 in

Es Navidad

 



ES NAVIDAD

“Nacerá en un establo, zagala,
pastorcitos venid, adoremos.
Hoy venimos y luego volvemos
y mañana nos puede salvar.
Zagalillos del valle, venid,
pastorcitos del monte, llegad.
La esperanza de un dios prometido
ya vendrá, ya vendrá, ya vendrá.” (fray Vicente Martínez Colomer (1762-1820)

Os contaré hoy que la Navidad es para La Medusa Paca, además de una festividad, un estado de ánimo, un sueño hecho realidad, un cuento al más puro estilo “dickensiano” donde todo es algarabía por la inminente llegada de la verdadera luz que ilumina al mundo. Esa luz que nacerá nuevamente en una noche de paz hermosa y que vendrá a justificar la exaltación estética, visual y emocional que en estos días todo lo impregna. Vuelve la luz a la urbe agitando corazones en el momento más preciso, justo cuando el frío más le arrecia el alma. Pero si La Medusa hace caso a estos tres versos del genial malagueño Manuel Alcántara y que le suenan a homenaje a Bécquer: “Mis cuentas no están cabales: / me falta una golondrina / y me sobran tres cristales.” . La Navidad de hoy es otra cosa.

Abro la ventana de la casa y constato que ya se encendieron las luces de Navidad por todas partes. Me doy una vuelta por el pueblo y veo algunos adornos en comercios y en algunas casas particulares e instituciones. Muchas menos que, según me contó mi amigo Andrés, en Alsacia o en Alemania. Visten ya las ufanas calles del pueblo sus mejores galas, destellando brillantes y coloridas luces que, con su rico repertorio iconográfico, se convierten en todo un canto a vivir la magia, la leyenda y la fantasía que nos regala la Navidad. Densas nubes surgen humeantes desde las chimeneas para incensar pinos y abetos que se proyectan hacia lo alto buscando alcanzar el diamante más preciado de todos, esa estrella de la ilusión que brilla en el firmamento a pesar de tantas oscuridades. Flores de Pascua, cual primavera adelantada, se abren paso con sus rojas tonalidades evocando esa sangre que es de vida. Pétalos de color rojo que nos recuerdan que Dios está en el cielo, un Niño recién nacido en la tierra y el espíritu de la Navidad en todas partes. Pero entre nosotros van despareciendo poco a poco los motivos religiosos, y apenas aparece el Misterio, el Pesebre, el Portal. Y me acuerdo de aquel genial villancico de Miguel D´Ors gimiendo:

 Mucha luz, pero sin Niño,

ni Virgen ni San José.
Que todos sepan que hay fiesta.

 Pero, hay algo más, aparecen vendedores de lotería, mercados navideños, espectáculos temáticos o escaparates repletos de mantecados y turrones para endulzar la espera para las celebraciones de unos días nostálgicos y melancólicos, pero sobre todo entrañables. Fiestas tan populares, que nunca deberían acabar. Días de reencuentro con familiares y amigos que, como los cuentos de Navidad, siempre traen historias felices.

Hoy muchos sabemos que antes de la Navidad cristiana existió, tal vez desde el Paleolítico, la fiesta de la luz, del solsticio y fin de año, las Saturnales en el Imperio romano, etc. Y que la Navidad cristiana se insertó durante el siglo IV, el 25 de diciembre, en el Día del Sol, constituido el año 274 por el emperador Aureliano, queriendo cambiar el día del Sol Invictus por el Sol Justitiae (Jesucristo). Que así fue en todo el Imperio desde el año 380, cuando el emperador hispano Teodosio, por el edicto de Tesalónica, declaró oficial en el Imperio la religión cristiana.

Se trata, pues, de que las luces adorno de nuestros pueblos y ciudades no simbolizan ya la Navidad cristiana, sino las luces del solsticio, las luces de fin del año, de las Saturnales, tal vez del Día del Sol.

 Y es por todo eso por lo que hoy suenan ya los pueblos a guitarras, zambombas y panderetas, a coros de campanilleros y villancicos tradicionales. Resuena en la calle el “Adestes fideles” en los angelicales cantos de los más pequeños, que agitando globos cual bando anunciador, campanean en una explosión de júbilo poniendo a todas las familias de acuerdo. Padres, hijos, abuelos, nietos, todos unidos por la navideña ilusión y exaltación de ese estado de ánimo de todos, sobre todo de los niños cuando estos días correteen entre belenes y salten recorriendo por sus calles. Vale.

 

Pastores y pastoras,
abierto está el edén.
¿No oís voces sonoras?
Jesús nació en Belén.

La luz del cielo baja,
el Cristo nació ya,
y en un nido de paja
cual pajarillo está. (Amado Nervo)

Un grupo de personas junto a un cuerpo de agua junto a un árbol

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Texto y fotografía de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 1 de diciembre de 2025 in

VIEJA ESTAMPA DE UN TRUJAL

 




VIEJA ESTAMPA DE UN TRUJAL

 

¿Cómo olvidar las manos que colectan,
las manos campesinas,
las manos de la siembra y el arado
inevitablemente encallecidas
por las que nace esta abundancia, dime,
dime, Dios? (¿Cómo, a veces, las olvidas? (María Beneyto)


Dulces cantan los malvices tras la lluvia: tienen fe. O será que ya clarea. Los malvices insisten al otro lado del balcón, subidas en la morera divisando los olivos para alimentarse. Como si dijeran: esto es ahora y nunca más. Dan ganas de añadir: es para siempre. Pero no exageremos.

 Me habría gustado soñar este cuento acompañado y compartir esta belleza, este frío, estos paisajes y este paraje, pero algo le falta a la belleza cuando se disfruta a solas y en la lejanía. Nada será ya lo que fue, pero donde hubo un árbol, en este caso olivos, puede crecer otro.

 Hoy, y aquí está la historia, me viene a la memoria esa escena de hace años, muchos años, cuando por las Callejas empedradas y polvorientas que llevaban y, aún hoy día, conduce al Trujal y sentía ese viento y congelante cierzo, viento helador encajonado, guadaña afilada en todas las esquinas azotando esas Callejas que conducen a las entrañas o a las afueras del pueblo.

 Me hubiera gustado estar allí para contemplar la escena soñada, envuelta por las sombras de la tarde que ya habían segado casi toda la luz en las altas tapias de los huertos, vergeles de subsistencia, de esos agricultores curtidos, jóvenes, ancianos y aceituneros llegaban desde sus olivares junto a sus bestias y serones cargados con sacos que chorreaban el interior sacrificio de tinta de las zorzaleñas.

Me hubiera entusiasmado apreciar cómo el maestro trujalero daba la voz a los motores, arreaba poleas y mandaba en las piedras, coordinaba sonidos, ruidos de tormenta, en el umbrío trujal almazara y animaba con palmas a los hombres. Y contemplar entonces a las moradas nazarenas, aceitunas en grupo, caer al alfarje sin grito ni agonía. Y sentir los murmullos de ese viejo Trujal, que hoy me viene al recuerdo, con todo el frío de entonces, con todas las aceitunas de aquellos centenarios olivos para al final quedarme con la bendita y alabada, la sangre del aceite… Ay el aceite, ese aceite que muchas manos parteaban en ese viejo trujal de rulos de piedra en forma de cono truncado, capachos,  batidoras, prensa, cuarto o espacio del huesillo, las tinas de aceite y los infiernillos.

Me hubiera gustado escuchar los sonidos de los rulos machacando las aceitunas y contemplar como yacían hechas una pasta, revueltas con el agua, sus hollejos y sus trozos diminutos de huesos y alpechín.

Me hubiera gustado contemplar a toda esa pasta, chorreando de los capachos de la prensa, que de allí saldría buen aceite. Y degustar ese líquido negro cuando se prensaban los capachos y salían guardando en su esparto una delgadísima torta de orujo con sus compañeros de viaje y decantarse negruzco en los pilones de decantación. ¡Qué delicia hubiera sido experimentar a esos trozos de huesos, agua y alpechín hundiéndose poco a poco, sin quejarse, y comprobar, saboreándolo, cómo el aceite iba emergiendo, cada vez más aceite, cada vez más libre del roce de sus compañeros de viaje, hasta que aparecía por el chorro del último pilón como un milagro virgen, el oro verde o amarillo, pregonando su invencible honradez!

Este cuento se acabó y todo el viejo Trujal se me viene al recuerdo, todo el frío de entonces, todas las aceitunas. Y al final, me queda en el recuerdo, bendita y alabada, la sangre del aceite…Ya saben, los viajes al pasado son sanadores para el alma cuando se constata que el pasado realmente sucedió tal y como se recuerda. ¡Cuántas veces he pensado que los recuerdos tienen que ser inventados cuando viajamos por el presente hacia dónde sea! Vale.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 24 de noviembre de 2025 in

Desbullar castañas

 




Desbullar castañas

 

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina. (Juan Ramón Jiménez)

Ya se ha echado ese frio, ártico dicen, que me está invitando a desbullar castañas. Hay quien también a esa acción la llama “bullar”, que no es otra cosa que quitar la cáscara a las castañas asadas. No existe nombre para su olor, ni para su calor en las manos, haciendo saltar las castañas, de una a otra palma, hasta que, quemada, se va enfriando y, al fin, las pruebo y vuelve la infancia y los inviernos de antes. Es como si el frío hubiera volado de otra parte. Está lloviendo, sí, pero llueve una lluvia a ramalazos ventoleros, heladora, dura y consistente. Hace un momento, me pareció verla incluso volar, como una vaharada de gotas finísimas, congeladas sobre el telón de fondo de esas palmeras cercanas del parque que empiezan a convivir entre algunos pinos piñoneros, moreras, que nunca dan moras, pero si entoldamiento en las tardes sofocantes del estío, y castaños de indias, ya pigmentados de otoño, porque las hojas, para enrojecer, como las manos y la nariz, necesitan que haga frío y aquí estos días lo está haciendo.

Así que he encendido la estufa y me he cobijado junto a ella. Últimamente me parece que no estoy en casa si no la enciendo.

  


Hoy, además, le he puesto al lado un sillón de orejas tapizado con el lino que fuimos a buscar al Mirador, esa pedanía huertana de San Javier, lino de verdad, del de los campos florecidos en verano de azul, ese lino que se hiló girando en las ruecas, al amor de la lumbre.

Cuando apoyo la cabeza sobre esta tela tengo la misma impresión que si lo hiciera sobre un linar. Algo de verdad, sin mezclas, puro lino auténtico. No necesito más: un sillón y una estufa, unos libros, música, sonando vaporosa, y una tarde por pasar.

De ahí que entendiera a la perfección la película “Las ocho montañas” que viera hace algún tiempo. No voy a adelantar nada, pero sí diré que entendí que alguien, teniendo libros y leña y papel, pudiera quedarse a vivir en una cabaña durante el invierno. En realidad, tenía todo, igual que yo: mi señora de siempre, un cuaderno de notas, el café, libros, el frío, y…la estufa siempre encendida, aunque sea aquí en Garnacha en la orilla del Mar Menor. Vale.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 3 de noviembre de 2025 in

La taberna donde tomar un cecial

 



La taberna donde tomar un cecial

“entonces, ante un vaso, me embriagan las palabras
de los amigos viejos y los amigos nuevos:
_De acuerdo estoy en todo lo que dices …
_Estamos convencidos, compañero …
_Lo que piensas, muchacho, es muy hermoso …
_El momento, verás, ya no está lejos …” (Carlos Álvarez)

 En una esquina del Mar Menor, se esconde la Taberna de la Lonja que ni es chiringuito, ni casa de comidas, ni bar de paso y sí una taberna, o a mí me lo parece, como las de antaño y con sabor absolutamente marinero en la que puede degustarse todo tipo de pescado que llega desde la costa marmenorense en la que está ubicada. Yo la tengo cerca, a tiro de paseo. Allí manda un tabernero que no sonríe, ni falta que le hace, y que sirve un pescado viejo como las derrotas del hombre en el mar. Hubo un tiempo en que estos pescados eran la despensa de los puertos y las aldeas del interior. Los griegos lo sabían, los romanos lo perfeccionaron, y desde las aguas cartageneras partía hacia Roma, donde el latín lo llamó cecial. Su silueta de serpiente ha confundido a más de uno con morenas y anguilas, y ha provocado rechazos que poco tienen que ver con el paladar y mucho con viejas supersticiones. Espinoso hasta la cola, se aprovecha sólo la parte alta; el resto va al caldo. Se despelleja colgado de un gancho, porque su piel es tan invencible como su olor.

En este rincón del Mediterráneo todavía lo llaman safío. Es un eco del árabe safih, “tonto” o “necio”, palabra que el tiempo ha dejado igual de áspera que la piel del pez. En recetarios viejos aparece hervido con cebolla y ajos, arropado por almendras y pan tostado. Luego, con los siglos, el lujo se perdió. Los marineros lo salan a bordo, lo cuelgan al viento, o lo dejan secar en las azoteas con alfileres, como si fueran banderas de un país que ya no existe. Por aquí se guisa en amarillo, al pan frito, en salsa colorada, empanado o a la plancha. No importa. Siempre sabe a civilización.

En la Taberna de la Lonja, el plato me lo sirven sin ceremonia, con esa media hostilidad que se reserva a los forasteros. El tabernero, pulcro y silencioso, me lo sirvió hace unos pocos días seco y a la plancha, con una desconfianza vieja de siglos. Tal vez porque este pescado no está hecho para paladares actuales, blandos o quisquillosos; tal vez porque yo soy un riojano que ando por allí desde hace algún tiempo. Una semana después, tras acudir casi a diario a tomar mi verdejo y mi safío, el hombre decidió romper el silencio. Me miró, apuntó directo a mi sonrisa, que yo no había perdido, a pesar de que el ambiente recordaba a un saloon del Oeste, y me dijo, solemne: “Me alegra que lo aprecie, caballero. Porque está usted comiendo el mismo pescado que comió Elcano en su vuelta al mundo”. Fue una sabrosa delicia. Vale.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 13 de octubre de 2025 in

Esos otros septiembres

 



Esos otros septiembres

 

El azul palidece hacia lo blanco.

El rojo halla en lo negro
su redobla ausencia.

El amarillo
desciende todas las escalas
hasta entrar en lo gris.

Pájaro largo del otoño acuérdate
de mí,
y de este canto,
cuando estés en tu reino. (José Ángel Valente)

 No sigas, no sigas, amigo, que lo que me estás diciendo me suena tanto que parece que me hubieses robado la copla. Te recuerdo aquellos versos de Whitman, otras veces citados y otras veces con razón: “…Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú.” Y si no lo tienes todo, más o menos. Si en la infancia nos juntábamos niños de seis a doce años y pasábamos todos por ser de la misma tanda, esta edad nuestra es la misma, porque estamos juntos en otra tanda, una tanda que entonces creíamos que jamás podría llegar, porque pensar entonces en que llegarían estos días era, más o menos, pensar al alba de mediados de junio que la noche acabaría llegando.

Qué distinto este septiembre, ya pasado, de aquellos que se nos venían oliendo al hule de la carpeta escolar, a tinta, a cuaderno nuevo, a pizarra con su pizarrín de manteca y un trapillo colgado de ella para limpiarla, a la goma de borrar, al queso americano, aquel olor amarillo de los días de la necesidad, cuando aquellos condiscípulos, preferidos del maestro, se pasaban media mañana remando en una caldera, luchando con el espeso oleaje de la leche en polvo en el cuarto contiguo al aula de las escuelas nuevas. En aquellos septiembres, la preocupación era forrar libros y rellenar con nuestro nombre, en la portada, aquel cuaderno que traía escrito un “para uso de…” que yo no entendí hasta muy tarde. Preocupación de pizarra y pizarrín, de la música y la letra de la tabla de multiplicar, de salir de la escuela como de una cárcel y correr al juego, corretear bien por las calles, bien al campo, que no era otro que las afueras del pueblo. Si en la calle, libertad con puntos seguidos de carros, carretas, galeras, remolques, mulos o algún coche; si en el campo, libres en aquella luz que maduraba como una fruta transparente envuelta en un olor a madurez absoluta, que si las cañaveras, que si el rastrojo que aprovechaban cabras y bestias, que si las veras del barranco, que si el ramoneo, allá en el tapiado, que siempre olieron a frescura y monte. Y ya ves estos septiembres: que si tengo que ir al médico a ver si me cambia las pastillas, que no mejoro; que si no sé dónde me he dado un golpe (en ningún sitio, es la edad) que me duele este codo; que a ver cómo me las avío para limpiar los canalones, antes de que llueva fuerte; que si tengo que cambiarle el aceite al coche; que si me voy a comprar un bastón porque he probado uno este año en las vacaciones y hay que ver lo cómodo que se camina con un bastón… y no porque me haga falta. Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti…Algo para la artrosis, y para el colesterol, y para los ardores, y para dormir, que no duermo muy bien… Y voy a cambiar las gafas, que con estas no veo bien, será que son viejas, no son las gafas, soy yo. Ay, septiembre…Vale.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


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