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miércoles, 22 de abril de 2026 in

Celebrando un 22 de abril

 



A metro y medio de Ti

sobre tu trono ensalzada

no hay quien en el mundo pueda

aguantarte la mirada.

Unos verán una joven

en sollozos entregada,

otros una mocita

con lágrimas de perla y nácar. (PRJP)

 

Celebrando un 22 de abril

Cuando sale la Virgen de camino hacia la iglesia, cada veintidós de abril después de voltear el campanillo de su ermita, y por la mañana, en Grávalos pasan cosas infinitas. A su paso queda el cruce del “Puerto” al vaivén de los cierzos en un tiempo en el temblor.  Y hay veces que hasta sudan los sillares de piedra “china” de su barandilla y hasta las abanican los devotos mientras la esperan. A veces el remolino del café se lleva el olor de las calas, junto a los lirios, y el aliento de los caminantes. La cucharilla da cien vueltas de impaciencia. La misteriosa mañana parece siempre por venir. Por eso yo, siempre en este día, le suelo tararear a la Virgen, mientras la veo procesionar desde la lejanía, una letra por alegrías de Cartagena que escribió un tal Isidro Muñoz: “Cascaritas de naranjas / a cubitos voy cogiendo / por encimita del agua / cuando el sol ya va saliendo, cuando el sol se va escondiendo, / cascaritas encendías / de naranjas de la mar. / Mañana a la misma hora / recojo un cubito más”.

Hay algo salobre en la Virgen. No sé explicarlo. Su imagen avanza recogiendo cascaritas de naranja, destellos de espuma, el alba húmedo y casi helador del cierzo. Ella es como una desembocadura, ensanchamiento de amor en ese cruce de caminos y en sus cuatro direcciones. La oración que todos necesitamos antes de afrontar la inmensidad de un océano. Por eso durante su procesión la luna es un confeti. Cada trozo de cielo entre los dientes de piedra recuerda las teselas de los pájaros volando hasta la tez de la memoria. Es rosa su pupila. Y su mirada desciende hasta la hiedra de la baranda abandonada en una proyección inexplicable. Dios es cada suspiro en la alborada, un rayo que atraviesa la villa desde los ojos de la Virgen. Su cara nacarada de destellos rebosa en los balcones y en los maceteros de los geranios encendidos como faros.

Yo no sé qué tiene la Virgen Humilladero en su encarnadura que simula arrugas de juventud, pero algo tiene. Cuando sus siervas encienden las candelarias de acompañamiento sale un sol por la cornisa del campanillo que ciega incluso por la espalda, que se derrama por los hombros sobre los pies, que hace estallar las sombras como si la claridad fuera una piedra sobre el tejado. Ese sol hace añicos las figuras. Porque sólo se permite una silueta. Ella. Nada más. ¿Cómo explicarlo? Todo gravaleño tiene su advocación de María, su petición reservada. Pero cuando las campanas de la iglesia de la Antigua y el campanillo de su ermita enloquecen en la mañana de abril para despertar al mundo, no hay nadie en el pueblo que no bisbisee lo que desde varias generaciones se le pide en sus casas a la Virgen del Humilladero. Volver. Abrir los ojos de nuevo ante Ella para ofrecerle otro cubito de cáscaras 'encendías' de naranjas de la mar. Y al regresar, rota la luz y rota la costumbre, yo siempre juego a preguntarle a la margarita que le arranco cada primavera si me quiere o no me quiere. Y ELLA siempre me contesta: ¡SI TE QUIERO!


ELLA

 

Amor de flor de abril,

olor alado,

pellizco de la rosa “encendía”,

almendro, naranjo despojado,

¡avemaría!

alféizar medieval más elevado.

Amor del abanico enajenado

que aventas ante el mar la algarabía

del cuerpo que me da la Eucaristía

y pone a Humilladero en mi costado.

No hay flor que tu mirada no deshoje

y cuente cada pétalo a los vientos,

ni nardo que al pasar no se me antoje.

La Virgen va entonando el miserere

y yo voy deshojando mis lamentos:

que, al partir de tu ermita,

rota la luz y rota la costumbre,

yo siempre juego a preguntarle

a la margarita que le arranco cada primavera

me quiere, no me quiere:

¡Sí me quiere!

 

PRJP. N.º 33 Dede Garnacha y en otro año más, este de 2026.

 

 

Texto y fotografías de Jesús María Jiménez Pérez y La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 13 de abril de 2026 in

ABRIL EN MURCIA

 



 ABRIL EN MURCIA

 

Y tú de las Hespérides antiguas

vergel siempre florido,

coronado de eterna primavera,

feliz recuerdo del Edén perdido;

tú que en la rica jalda

de preciada esmeralda

ostentas en las ramas orgullosas

las bellas pomas de oro deliciosas…(Larra)

 

Estoy en Murcia y he logrado estos días pasear por sus calles logrando convertir mis silencios en algarabía y mis algarabías en silencio. Hoy he hecho lo mismo que hice en mi primera primavera de estancia en esta querida tierra allá por el año 1961. Entonces Murcia me gustó y hoy me encanta y más cuando recuerdo, leyéndolo, a Jorge Guillén: “Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa”.

Murcia tiene elementos, y más en primavera, que le dan un encanto muy visible: dulzura en su clima, claridad en el aire y en los muros, y caserones antiguos, en tonos calientes, sepias, ocres, canelas, según las horas, y los benditos olores de azahar y de jazmín. Plazas apacibles, silenciosas. Hay palmeras, magnolios, grandes árboles. Hay jardincillos y está el Malecón, y la Contraparada y acequias con sabor andalusí y norias y palmerales y naranjos amargos en sus alcorques. Hay paseos y la huerta, hoy ya menguada, cos sus naranjos, limoneros, jinjoleros y verdes moreras y muy cerca montes cercanos de verdes pinares con el santuario de La Fuensantica. Y en medio, la torre campanario de la catedral, como un vigía, con sus ojos, de hito en hito, mirando está y la Catedral con su imafronte, recién restaurado, que ahora estoy viendo, ornado, gracioso, entre la ligereza y la robustez y de un color admirable.

Y en aquellos años de los sesenta, hoy ya no, había por sus calles tartanas, aldeanos huertanos vestidos con blusas negras o grises. Y a la sombra de sus calles, junto aquellas que llaman de Platería y Trapería, tiendas, cafés y el gran casino. Y señores en perpetua tertulia sentados en sillas de enea o de esparto. Y la gente afable y acogedora. “¡Horizonte! Siempre, siempre horizonte. ¡Qué plenitud de cielo! ¡Qué redondez de tierra!” Y claridad, serenidad y equilibrio que transmiten reflejos directos de la luz, colorido del abril primaveral murciano. Vale.

 


ABRIL EN PRIMAVERA

 

La primavera en Murcia

es el canto árabe de las fuentes,

recuerdos de remotas acequias

y patios de paredes encaladas,

geranios que flanquean surtidores

de aguas inquietas

donde reverbera el rosado pálido,

de ramilletes de clavellinas huertanas,

que adornan las fachadas.

 

La primavera en Murcia

es estación adelantada,

lugar donde su reposo se despereza

entre limoneros de hojas que negrean,

desvirgando el azahar.

 

La primavera en Murcia

brota con aromas de plantas,

simple adornos de bancales y alcorques:

 alhelíes y rosas, dalias y clavelones,

jazmines y albahacas,

jacintos y varitas de San José,

 retablo improvisado

con sabor a marinera y caña sudorosa

evocando bordados de jungla y sus refajos.

 

La primavera en Murcia

es echarle el alboroque al invierno

en la mota del rio

o cañares altivos

junto al mar.

 

PRJP. N.º. 31, Paseando por las calles de Murcia un día de abril recordando mi juventud



Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 6 de abril de 2026 in

Soledad postvacacional

 


 

 

Estos días son el preludio de unas mañanas de oro, una explosión de luz que son, en realidad, un Pentecostés anticipado, pasados los días vacacionales de Pasión. Si hay lágrimas, son de puro gozo; si hay suspiros, son de satisfacción porque el olor a azahar ya está en la calle y porque las playas han dejado de estar de bote en bote. Ya despabila el frescor de las mañanas marmenorenses, que se agradece, más bello que quepa en el recuerdo. Hoy, lunes de Pascua, es el día de las manos infantiles extendidas, de las miradas que reclaman un caramelo elevado a agasajo elegante y de las monas con huevo, regalo de los padrinos y madrinas a sus ahijados, que, al mediodía, se convierten en el sustento sagrado que cada murciano custodia en el seno de su amor.

Y aquí, en el parque frente a Garnacha, a dos palmos de la nariz, ya comienzo a percibir el aroma de las flores al mismo tiempo que las copas de los plataneros, que ya han perdido el amarillo del invierno,  y las crías de los pájaros aprenden a piar al caer de la tarde. Intuyo que cuando las manecillas avisan para poner a piar a los vencejos, el reloj de Garnacha marcará el momento preciso en el que el atardecer dorado en la bahía del Mar Menor, igual que el tono cenizo de sus playas, ahora ya semi vacías, se convierten en una paleta de colores que pinta el cielo que flota sobre el parque, antesala de la bahía. Las horas avanzan de manera pausada sin el ritmo de los días precedentes. Ahora cada minuto dura como dos. Cuando llega la hora del fin y hay que irse al afán de cada día Garnacha aguanta el minutero. El reloj parado en los siglos es este que cada día a partir de ahora me da la hora que sueño en las estancias de la casa, aquí en el Mar Menor, cuando ya atardezca y el silencio llega desde el mar. Vale.

 

Soledad postvacacional

 

Nada es igual

cuando el silencio llega

desde la mar.

Nada es igual.

Solamente es el mar,

sus luces escondidas,

su quietud y su sal,

solamente la espuma

y de nuevo la mar

con sus sordos silencios

y su soledad.

 

PRJP. N.º 30. En Garnacha el día posterior al domingo de la Pascua de Resurrección.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


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