Gastronomía

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lunes, 23 de marzo de 2026 in

Despertar primaveral

 


Así comienza a despertarse la primavera en el paraíso

 Lo que bien se concibe bien se expresa, con palabras que acuden con presteza.


 El repartidor está cantando una minera. Dan la una en el reloj de la iglesia de la Ciudad del Aire, siento que sopla el lebeche. Todavía la luz es tímida, no entra en conversación. Se mezcla el olor de los guisos con el de los naranjos rotos. Erupción de blancura. Por la avenida del Ejército del Aire, el silencio. En el parque, junto a las palmeras, alguien ha pegado una careta en una esquina que me saca la lengua cuando me asomo desde Garnacha. Puede que sea un homenaje al teatro de doña sardina que entró hace unos días por aire, mar y tierra. Los guiris han descubierto el DLE. Saben decir picatoste. Los indigentes aún roncan en el parque junto al monolito. Y en la Fuensantica de Pedro todavía bullen un cabildo de trasnochadores o madrugadores dispuestos a trasegar. Falta un tris para que la Ribera se desperece este domingo de Cuaresma y está todo puesto. Ahora sí da conversación el sol. Alguna nube lo calla de vez en cuando, pero él tiene ganas de hablar para que lo escuchen los grupos que hacen el tour en bicicleta por la orilla de los dos mares, gente poco acostumbrada a su idioma. Para el nórdico esto es calor. Para el nativo es rasca.

Y nosotros hoy, elegantes y puestos, pendiente no de la belleza, que es una vulgaridad como todo lo que se tiene o no se tiene, sino de las formas, de las maneras, del saber estar y el saber tratar, que es lo único que importa, nos fuimos a comer a La Fuensanticade Pedro, aquí en La Ribera, después de que hace días desembarcaran, aterrizaran o pasearan la sardina junto al coro de sus sardineros. Lo hicimos la mamá, Marta, Vega Abel y el que esto escribe. Comimos de Cuaresma: unos tomates partidos y aliñaos, una fritura de pescado del Mar Menor, que estaba deliciosa, una sublime ración de callos, generosidad de Pedro, y un bacalao encebollado primoroso, todo ello regado con unas copas de verdejo, por supuesto de Rioja y, para finalizar, unos postres caseros, fundamentalmente torrijas, de las de chuparse los dedos. Para rematar unos orujos, poleos menta y cafés. Y como La Fuensantica de Pedro está a unos cien pasos de Garnacha, terminamos y nos cobijamos en ella porque la tarde caía fría.


 Se me olvidaba decir que con la comida celebramos dos cumpleaños de un tiro, el mío, ya pasado, y el de Marta por venir. Ya saben: “Lo que bien se concibe bien se expresa, con palabras que acuden con presteza”. Así comenzó a despertarse la primavera en el paraíso.

 


De todas las viandas servidas y degustadas me detendré en el plato de bacalao encebollado que nos prepararon Pedro y Tania y Víctor en la sala. Los otros, no por desmerecer sino por espacio, los dejo para otros posts, al que añadiré el de arroz caldero.

 Delicioso el bacalao encebollado: una receta tradicional y llena de sabor con unas buenas cebollas caramelizadas. Su aroma, que flotaba en el ambiente, nos atrapó despertando algo primitivo. Hay recetas y luego está ésta: la que revoluciona platos de bacalao en sus distintas texturas y la que puede poner nerviosos de felicidad a los veganos. La cebolla caramelizada no era sólo un acompañamiento. Su dulzor apareció de pronto al morder una lasca bacaladera, era una textura como para untar en una buena rebanada de pan entre la melaza y el terciopelo, tanto que nos dejó huella y ganas de repetir y fue la clave para meter en ella esos buenos lomos de bacalao desalado como en este caso. Al verlos en el plato me dio la sensación de que, para ahorrar tiempo y darles sabor, se caramelizaron el día anterior, yo hubiera agradecido que les hubiesen dado un toquecito picante que tan bien le va al bacalao.

 Confirmo, después de degustarlo y saborearlo, que este plato es de los que enarbolan el “menos es más” en esta cocina de La Fuensantica de Pedro está, por su sencillez, el gran éxito del plato. La clave en este caso y en otros muchos de la cocina de Tania y Pedro y Víctor en la sala, es que los ingredientes son de primera: tanto el bacalao, que funcionó fenomenal desalado, como la caramelización de la cebolla. Eso sí que es echarle cariño al plato. Para mí era un plato calmoso, casi de paciencia monástica, donde la cebolla se hace. No, no, no estaba frita, no asada, sólo transformada sobre el fuego bajo, donde los azúcares de la propia cebolla fueron pochados en sus jugos, sin atajos. Solo tiempo, una olla y sartén amplia. De ahí que su sabor fuese limpio, prístino, con una melosidad única, imposible de replicar si la prisa hubiese andado entre los fogones de Pedro.

Dicen los clásicos que para caramelizar una cebolla hay que elegirla dulce, siempre que se pueda. Ella trae más azúcares, responde bien al calor lento, y suelta sus jugos puntualmente. La cebolla blanca, simpática y delicada. La morada, un poco más intensa, más profunda. El verdeo, con su aire fresco. Cada variedad deja su propia huella en el resultado final y elegir bien da un giro absoluto al plato si, además, como en nuestro plato, se evitan las grasas y los azúcares añadidos para marinar en una opción ligera, amiga de cualquier dieta sensata. Y en un celestial plato y en un bocado nutricionalmente honrado.

 Nos levantamos y no hubo más, sólo un ¡Vale y que aproveche! Y la verdad que nos sentó bien. Gracias Pedro, gracias Tania, gracias Víctor y hasta la próxima que será con un arroz caldero que, cuentan los buenos paladares, está sublime.

 

Fotografías y texto de La Medusa Paca. Copyright ©.


lunes, 2 de marzo de 2026 in

La Fuensantica de Pedro

 




La Fuensantica de Pedro

Decía Chesterton que el católico bebe para recordar que está alegre y que el pagano bebe para olvidar que está triste.

 

Pues, efectivamente, para eso está aquí a unos metros de la playa de Castillicos y como puerta de entrada a ella la Fuensantica de Pedro.

La Fuensantica o la Virgen nuestra Señora de la Fuensanta es la patrona de Murcia y su huerta. Pedro es un restaurador, abrasado en los fogones y la Fuensantica de Pedro es un bar, tasca, restaurante situado a trescientos metros de la playa de Castillicos a donde desde todas las primeras horas del día y las ultimas de la tarde-noche acude, acudimos a desayunar, tomar un tentepie, degustar las mil maneras de los guisos de Pedro, con la atención siempre amable de Víctor, y lo que es más importante poder leer dos periódicos nacionales, uno de ellos deportivo , y otro local, cosa que se agradece en los tiempos que corren, pues quedan pocos locales a trescientos metros de las arenas de la playa que tengan una solera de taberna de pueblo como la Fuensantica de Pedro y que hagan las cosas tan bien a un precio tan económico.

En pocos sitios se disfruta más que en un bar de pueblo o de barrio. En un bar bueno, se entiende. La Fuensantica de Pedro es uno de ellos. No voy a descubrir ahora un local que lleva abierto varias décadas, pero creo que es importante poner en valor estos establecimientos que, por desgracia, cada vez son menos y que son todo un disfrute. Y desde su sede en Av. Academia General del Aire 408 difunde al mundo desde tiempo inmemorial esa paleta gastronómica especializada en pescados y carnes al carbón, bacalao, bonito, orejitas con tomate, huevos rotos y esas frituras de pescado, patatas a lo pobre o un buen caldero u otros arroces que reconfortan los estómagos de cada cual amparados en una fría jarra de cerveza o en una copa de buen vino.

La Fuensantica de Pedro es un bar bizarro, debo advertir de que el uso que yo atribuyo para adjetivarla puede ser incorrecto. Lo he comprobado en la RAE y he concluido que, verdaderamente, puede no ser correcto. Bizarro, advierte la Academia, significa valiente en su primera acepción y generoso, lúcido o espléndido en una segunda entrada. De unos años a esta parte, bizarro es sin embargo una palabra que se adjudica a algo más indefinible: personas, cosas o conductas un pelo fuera de lo normal, singulares. Con una singularidad, añado yo, como de otra época, cercana al casticismo. Un punto cañí. Por eso, a veces, hablamos de bares bizarros: aquellos que funcionan como una máquina del tiempo y te transportan a un momento de la historia ajeno al común de los presentes días, pero al mismo tiempo muy vigente.

 


 La Fuensantica de Pedro es un bar bizarro y siempre será de aquellos parroquianos que envejecen en él y mantiene una extraña lealtad a los antiguos hábitos y tradiciones. De ahí su encanto. Y siempre un bar bizarro será un punto cañí. No es bar oculto, es diáfano, tampoco es fantasmal ya que abre aún de noche, cuando amanece, poblado por una turbamulta de trabajadores, distribuidores, empleados públicos y una tropa canalla adicta al Sol y Sombra, Belmonte, Reparo, Asiático y cualquier destilado u orujos de cualquier color

La Fuensantica de Pedro es un bar simpático que se mantiene fiel a esa idea de taberna, tasca o restaurante de toda la vida y que ha ido evolucionando al ritmo que marca su barra, generosa en suculentas raciones de tapas de una tipología hoy más rara de ver que antaño. Hablo de sus callos, frituras y guisotes: patatas a lo pobre, sangrecilla encebollada, difíciles ya de encontrar, pero hablo más en general de una cierta atmósfera, de un espíritu indómito que le lleva a militar en ese tipo de bares que contribuyen a forjar el alma de un barrio o de una ciudad.

En definitiva, un estupendo local para soltarse la correa sin miedo, para recordar los bares de toda la vida que no se han relajado en su oferta gastronómica y que siguen siendo locales de referencia en donde debemos de mirarnos de vez en cuando. Un bar, cafeto, tasca y restaurante de toda la vida. Larga vida pués. Vale.

PD. Pero es que a este bar no le hace falta nada más. Quizá, un poco más de espacio, aunque no recuerdo ni una sola vez que haya tenido que irme desesperado por no recibir mi desayuno a tiempo, aunque me la haya tenido que tomar en el comedor del restaurante que sirve de apoyo cuando la barra o sus mesas adyacentes están completas o incluso en la terraza, anexa al bar, fresquita en otoño y primavera y muy agradable en verano.

 

Fotografías y texto de La Medusa Paca. Copyright ©.


miércoles, 15 de febrero de 2023 in

Migas de pastor

 

 



Migas de pastor

 Según la receta transmitida por la tía Teresa y, hasta cierto punto, aprendida

Aquí viene -tomen nota-
el busilis de este plato:
darle vueltas y más vueltas,
con muchísimo cuidado
sin dejar que se te agarren
ni que huelan a quemado.
Darle vueltas con paciencia,
manteniendo el fuego bajo.
No te pares ni un minuto,
porque… ya se te han pegado.”

Pedirle a Teresa que nos hiciera unas migas para desayunarlas junto al oscuro fogón de su casa era una delicia de auténtico plato gourmet y eso aunque no hubiese matanza ni por supuesto mondongo. Nunca regateó el hacerlas al tiempo que se explayaba contándonos sus historias con auténtico sabor costumbrista. Esto no sólo nos servía como plato degustación sino como compendio de aprendizaje de la cocina y gastronomía tradicional que, en eso, era una auténtica maestra.

Me contaba que: “de origen centenario y con centenares de versiones, las migas no son sólo un clásico del ámbito rural, más bien representan su esencia más primitiva, toda su riqueza y toda su austeridad”. Esto me lo repetía “la Teresa” constantemente y siendo fiel a sus principios: “las migas son y serán un plato típico de pastores con el que aprovechan las sobras de pan duro. Tengo entendido o leído que provienen del cuscús magrebí pero que se aderezaban con torreznos de cerdo para distinguirlo de la típica comida árabe. “Mi receta, solía decirme, es muy sencilla: consiste en sofreír con ajos y manteca en rama de cerdo derretida, trozos de pan duro, previamente humedecidos con agua y dorados o enrojecidos con un buen pimentón, mejor si es un poco picante”. Me recomendaba tomarlas solas, aunque ella conocía que, en algunos lugares de Soria, se acompañaban con unos típicos huevos fritos, torreznos, trozos de chorizo picante y, opcionalmente, acompañadas de algo dulce: una rociadita de azúcar o con granos de uva.

No sé cuántas raciones de migas pudo haber cocinado en su vida, fundamentalmente en las sucesivas matanzas que se hicieron en casa de mis abuelos maternos, pero, sin duda, se podrían contar por miles. Murió con los años justos.

Esta receta de migas, que ella llamaba de la trashumancia, la perfeccionó en sus largas estancias en las tierras altas sorianas de Matasejún, junto a San Pedro Manrique. Eran las que alimentaban a los pastores que no tenían a mano nada más que pan duro, alguna cabeza de ajos y los productos que obtenían de los propios animales. Fueron ideadas para elaborarse lejos de la civilización y con lo que cabe en un zurrón, de modo que su preparación no es compleja. No obstante, solía decirme, “cuando uno carece de experiencia, hay que tener en cuenta una serie de claves para evitar decepciones en el resultado”. JAJAJAJA.

Y es entonces cuando comenzaba a repetirme las claves de la receta, aunque ya la hubiese contado anteriormente:

- Los ingredientes fundamentales son: pan, ajo, y manteca en rama, ésta necesariamente deberá ser de cerdo. Se puede sustituir la manteca por grasa obtenida de la fritura de la panceta.

- El pan tiene que estar bastante duro, de 4 o 5 días por lo menos, y debe desmenuzarse cuanto más mejor, para que absorba al máximo el sabor del resto de ingredientes.

- Las migas deberán humedecerse la noche anterior. Este proceso se llama adobado, y consiste en mojar -salpicarlas más que sumergirlas- con agua en la que se ha disuelto previamente sal, muy poca, ya el pan tiene su correspondiente sal, y pimentón. Conseguir el punto justo de adobo es tal vez lo más complicado de toda la receta. Después es conveniente que reposen envueltas en paños secos. Si no se está muy habituado al pimentón, que será siempre picante, se fríe al mismo tiempo que la manteca, y es aquí, si se desea, cuando pueden añadirse troceados la panceta y el chorizo.

- La sartén tiene que ser amplia y no debemos llenarla hasta arriba, sino asegurarnos de que las migas queden bien extendidas y no se amontonen los ingredientes unos sobre otros.

- En el momento de freír, primero se echa la manteca de cerdo en rama y después, si se desea, el chorizo y la panceta con cinco, seis dientes de ajo bien picados, aquí el pimentón picante, en cantidad de una cucharadita de café. Y el pan, pan candeal troceado, adobado y remojado. Y remover, remover, remover continuamente para que las migas no se apelmacen y se mantengan sueltas. Con seis o diez minutos en el fuego estarán listas para comer.

Y…buen provecho.

Posdata. Se me olvidaba. Y después de gozar de esta gastronomía nos daba de postre “Papachas” una especie de masa frita y rociada con azúcar y canela. ¡¡¡DELICIOSAS!!! ¡Qué pena que no tenga su receta, pero la encontraré! Vale.


Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©.

 

jueves, 28 de diciembre de 2017 in

Una de las mías en Nochevieja





Diana y sus ninfas cazando, de Pedro Pablo Rubens

Una de las mías en Nochevieja

Un silencio especial, distinto a todos los silencios conocidos, envolvía la casa, la fuente, el lavadero y la balsa. El blanco manto cubría los tejados y las calles, se asentaba en el alféizar de las ventanas, envolvía los bardales, se apoderaba de los campos, embozaba los ribazos, transfiguraba el monte, desfiguraba los caminos y ventiscaba “El Puerto”. El humo de todas las chimeneas se perdía en el gris espeso de las nubes bajas. Las ovejas recién paridas, con los zarzos de la majada abastecidos de paja trillada de trigo, revuelta con sueltos granos de cebada o esparceta, balaban con un balido largo y dulce buscando a sus caloyos.

Con ese pasado recuerdo me dirijo hacia ese otro de aquellas cenas y, también, de aquellas recetas, más las de Nochebuena que las de Nochevieja. Todos esperando y mi madre, ¡ay mi madre!, nerviosa porque mi padre, boina calada, piel resecada, barbas de siete o quince días y frío, todo el frío del mundo, con la humedad metida en su cuerpo, llegara. Todos, en esa espera, estábamos ante un tablero enorme. Una casita con dos altos y algo destartalada, fría y húmeda, muy húmeda, como recogiendo todo el remojo del agua arrojada por los caños de la “Fuente Dura” sobre la cual se asentaba. La espera giraba en torno a una mesa, ahumada por ese no arder de unos verdes y recién podados sarmientos, donde todos parecíamos gente mayor venida de más allá de las nieblas. Chiquillos como yo, a medio criar, y eso que era el mayor, observando al padre recién llegado, con su liado cigarrillo de cuarterón en sus labios y un aroma a noche larga, antigua, aguardentosa; algo de musgo en el mármol de ese aparador rinconero, una botella de nombre extraño, una temperatura de ¿familia? vieja, trasterrada; una forma de España en platos de comida lenta; un Dios por criar en el pesebre de las cosas; esa blancura de la inocencia, ese frío de entonces, ese cierzo que silbaba entre las grietas de esa ventana desvencijada; el calor de la fogata desmigando las paredes del invierno; ese aliento que quemaba los silencios; ese preámbulo de los villancicos, sin cantar, y del vuelo de las faldas…Y al final, todos a la cama, a dormir como lirones, no había para más y eso que, según dicen, éramos ricos, aun siendo pobres. Era la hora cuando el personal se acicalaba para salir, disfrutar de las hogueras, de las “Salvadas” y hasta de esas inexistentes y soñadas campanadas para recuperar la conciencia el uno de enero.

Y en esa recuperación de conciencia, es de justicia recordar esas notas de historia gastronómica que, en vísperas de esta Nochevieja de 2017, me vienen al pelo para disfrutar de una de las recetas con las que mi madre solía obsequiarnos en aquellas Nochebuenas donde la luz iluminaba el banquete por las rendijas de los balcones y el ruido de los panderos, zambombas que estremecían aquella nuestra casa donde los sentimientos entraban en ella como cuña a mano, rompiendo y desbaratando.

Y ante ese cuadro se me presentó Diana, la más popular en nombre romano, además del más eufónico; pero la Diana romana fue, para los griegos, Artemisa, una de las diosas más celosas de su virginidad, que regía los bosques y la caza; de hecho, su imagen la representa como cazadora, armada con el arco y las flechas que, cuando era poco más de una niña, le forjaron Hefestos y los Cíclopes.

En una ocasión, molesta con el rey de Calidón, Eneo, por un quítame allá ese sacrificio, envió un jabalí monstruoso que devastó la región. Se organizó una cacería, en la que participaron los mejores cazadores griegos, entre ellos varios argonautas y la ligera Atalanta, consagrada a Artemisa. Parece que fue Meleagro, hijo de Eneo, quien acabó con el jabalí; otros dicen que cedió el honor a Atalanta. El hecho es que Meleagro se enfrentó con sus familiares, y su madre, en venganza, provocó su muerte. Sus hermanas lloraron tan amargamente su pérdida que Artemisa, no sabemos si apiadada o harta, las convirtió en aves cuyo plumaje está lleno de manchas negras: las pintadas, cuyo nombre científico hace referencia a sus dos orígenes: el geográfico (africano) y el mitológico: Numida meleagris.

Con su otro nombre, gallinas de Guinea, fueron consideradas durante mucho tiempo aves ornamentales, aves para lucir en parques y jardines; pero las aves ornamentales, en principio lo fueron las gallinas, suelen acabar en la cazuela: ni el pavo real ni el cisne se libraron de ser asados en su día, y el faisán y la pintada siguen siendo huéspedes de los mejores hornos. La pintada agradece escoltas vegetales, más bien frutales: uvas, naranja... 

Hay que señalar que el ave de Artemisa suscitó confusiones con el pavo; no ha lugar: el único pavo conocido en Europa hasta el siglo XVI fue el pavo real; el común, llamado por los españoles originariamente “gallo de papada”, es oriundo del Nuevo Mundo, concretamente de la Nueva España, y no tiene nada que ver con la casta Diana o Artemisa.


Difícilmente mi madre, ¡ay mi madre!, tenía esos conocimientos históricos-gastronómicos-grecolatinos, pero cocinaba como los ángeles, si es que los ángeles llegaron a cocinar y, en su homenaje, ahí va esta receta recordando ese plato con aquellas aves de corral elaborada, como guiso de pintada, con vino dulce y acompañada de frutos secos: almendras, orejones, ciruelas, piñones y pasas.

Ingredientes:

    Para 6 personas:
    1 gallo o capón, mejor si es pintada, troceado.
    6 cebollitas moradas.
    2 pimientos verdes
    3 dientes de ajo
    100 g de orejones de albaricoque, de los secados en cañizos
    100 g de piñones
    100 g de almendras
    100 g de ciruelas secas, Ella utilizaba las secadas por si misma
    1 copa de vino fino
    1/2 l de vino blanco moscatel
    1 copa de vinagre de Jerez
    aceite de oliva
    sal
    pimienta
    romero
    perejil picado

Elaboración:

Sofreír los ajos en una tartera con un buen chorro de aceite de oliva. Salpimienta los trozos del gallo, pollo o capón y dorarlos en la tartera. Retirar la carne a una fuente e incorporar las cebollitas y los pimientos picados. Dejar que se pochen o caramelicen unos 10 minutos.
Introducir los trozos de gallo, pollo o capón, un vasito de vinagre, el vino fino y el vino dulce. Salpimentar y dejar que el alcohol se evapore. Verter agua y cocinar el guiso entre 50 o 60 minutos aproximadamente.
Para la guarnición, poner los orejones, las almendras, las ciruelas, las pasas y los piñones en una sartén con aceite de oliva. Salpimentar y añadir una ramita de romero y perejil picado. Saltear brevemente os frutos.
Incorporar los frutos secos al guiso, dale un meneo a la cazuela, espolvorear con perejil picado y servir.

Y el Vino

¡Ay el vino! El vino lo ponía mi padre, de sus trabajadas viñas y de sus sudores, no los de otros. Era vino de cosechero. Siempre, siempre en una línea excelente. Un vino para todos aquellos que quisieran gozar de las virtudes de los mejores tintos de Rioja, pero sin gastarse lo que no está en los escritos. Era un vino áspero y rasposo en boca, buena longitud, marcado por la fruta roja y sin crianza. Era un clásico vino del año, recién descubado. Para beber en todas las épocas del año y con todo tipo de comidas. Y en esta ocasión también con el gallo, capón o pintada, por supuesto.
Vamos, como si fuese un Marqués de Riscal. Y siempre dejándose querer.

Adiós, va a llegar la NOCHEVIEJA, buen provecho, mucha felicidad y, también, paciencia. Y como le dijeron a Orfeo: ni una mirada atrás hasta no haber salido.

Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

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