lunes, 9 de febrero de 2026 in

Recordando los pasillos, mientras llueve fuera

 


 



 Recordando los pasillos, mientras llueve fuera

Y llegó al fin, como una mies madura,

a inclinarse mi ser, y quiero tenga

nidos mi cimentada arquitectura.

Dejando un rastro malva en el rocío…,

morir como una flor en el crepúsculo,

sintiendo que el barranco se hizo río.

Hoy estoy sintiendo a mi alrededor aquello que me empodera y me conduce a dar sentido a la vida. Voy remontando el río de la memoria desde aquellos gratificantes años y hasta me adentro en aquellas aulas de aprendizaje y educación donde humeaban los cuadernos y libros, plumas y lapiceros, surgía el aprendizaje en la resolución de problemas, las amistades, el soñar con objetivos y los grandes esfuerzos que todos teníamos que hacer para ir superando los cursos, que los profesores, no lo dudéis, cocinábamos con tanto amor.

Os recuerdo, queridos alumnos, a esa edad en que vuestros padres ya no os entendían; en esos años en que vuestro hermano pequeño seguía de rodillas; en esos tiempos de pestillos cerrados y venas abiertas, siempre os quedaba la isla, esa isla abierta, que era el instituto.

Sucedió hace mucho, ¿lo recordáis? Como un brotar en una mañana lluviosa de los muchos febreros que fueron pasando. En vez de una cuenta en Instagram, teníais una carpeta forrada de fotografías. En vez de un muro de Facebook había una tapia, la que daba al pabellón, donde poníais de todo.

No había WhatsApp y aun así mandabais mensajes. Os llegaban en papeles doblados y furtivos. Como un sobre sorpresa del Monopoly contra el tedio de los quebrados. “Luis está por ti”. Y eso sí que era una sorpresa: porque vosotros dejabais de ser chicos.

La clase era un autobús con los asientos alineados desordenadamente, una excursión que duraba nueve meses, treinta y tantos sacos de hormonas desatadas. Se pasaba una lista que te sabías de memoria y que todavía recuerdas. Concepción Mardones, Marta Echevarría, Jesús Arruego, Antonio Escrich, Estela Chocarro, Mariano Sánchez... Y si te apellidabas Vilchez rogabas a Dios que empezasen a preguntar por orden alfabético.

Si querías ligar tenías que dar la cara, salir de la cueva. Se pedía amistad en persona. Y los “me gusta” se decían a 40 centímetros del otro. Si te había salido un grano descomunal en la frente el día de marras, no había Photoshop ni hostias en vinagre que te lo fuera a borrar. No tenías Tinder, pero habías crecido con verdad, atrevimiento o beso.

Sólo había que elegir entre ciencias y letras, Ética o Religión, Latín o Griego. Y si eras de la ribera baja del Ebro, pegando a Calahorra, hasta que os separasteis, marcabais tendencia en vuestras expresiones y hasta en las formas de vestir.

Al matón, que existía, lo perdíais de vista cuando sonaba el timbre porque entonces no podía perseguiros por el móvil. Todos salíais pitando, con alma que lleva el diablo o chutando con una pelota, siempre con una pelota. Porque vuestros deseos eran redondos.

Nos vituperábamos a secas, sin anglicismos y en español. Los virus eran menos virales: no recuerdo ni un sólo catarro como los de ahora. Las cosas se llamaban por su nombre. La nube era una nube. Un trol era el ser antropomorfo que salía en David el Gnomo. Si algo os gustaba ibais a por ello y no hacíais clic. Y la calle era una pantalla de Arcade que nunca te pasabas.

No os gustaban los finales. Los exámenes terminaban todos igual: “cinco minutos y recojo”.

Luego recogimos. Luego nos separamos. Luego crecisteis. Luego vinieron otros chicos. Y ahí sigue aquella isla llena de tesoros, lianas y animales salvajes que era el instituto, vuestro, nuestro Instituto, “el Pablo Sarasate”. Vale.

 

Mi voz quede en la nieve y la perfore

en busca de otro prado y otras aves,

para que un trino celeste la enamore.

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


domingo, 1 de febrero de 2026 in

Cumpleaños

 


Diagrama

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Después del día tan maravilloso que disfruté ayer observo que el primer amanecer de este primer día de febrero está siendo frio y lluvioso, como toca en este invierno tan particular. Poco después de las ocho el día se ha ido iluminando como mi ánimo. Un fulgor rojo incendió el horizonte. Y luego el sol fue apareciendo para llenar la atmósfera de una luz transparente. Sólo algunas nubes difuminaban el intenso color azul del cielo. Y aquí, junto al fuego, me he puesto a escuchar a Juan Sebastián Bach. Y no me da vergüenza decir que me emociono al escuchar el Preludio y Fuga BWV 546 para órgano. Sus notas hoy me transportan a esos años de mi incipiente juventud, a las mañanas de la capilla central de la Catedral de Murcia, allá por los años sesenta y a los inviernos de hace más de medio siglo.

Acabo de levantarme y contemplo la lluvia de invierno sobre la esfera de la tierra, los tejados de una casa y su huerta, la ventana, la terraza y una palmera cimbreando por el viento, un hombre por la calle dirección a comprar el pan, su vaporosa respiración y un poco de calor en su conciencia. En el centro de la casa, de nuestra casa está encendida la llama de una vela. Hace tiempo, cuando yo me lo tomaba todo a la tremenda, escogí entre la casa o el camino. O una vida o la otra. Ahora puedo decir que para llegar a la casa necesitaba el camino. Al menos, esa ha sido mi experiencia. Y ¿qué marcó la nube allá en lo alto? ¿La casa o el camino? Los dos. Vale.

PD. Me envejecen los demás cuando veo a alguien después de muchos años y pienso, este abuelete cebolleta soy yo. Por eso los espejos son mi gran aliado. Por ejemplo, Marlene Dietrich, en la vejez, mandó cubrir todos los espejos de su casa de Paris. Claro, me imagino que no saldría de casa.

 


Cumpleaños

Hoy no me desisto,
ni me desengaño.
Los ochenta rondan
en mi calendario.
Día de recuerdos,
día de presagios,
día de balances:
perjuicios y daños,
y de beneficios
tamaños
de una larga vida
de un regalo largo.

Setentón fenezco,
ochenteno avanzo,
más cerca de Dios,
siempre muy cercano.
“Hasta que Dios quiera,
decían antaño”.
Pero Dios dejó a las leyes
el destino exacto.

Hasta que las leyes
decidan, yo sigo

y me callo.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


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