jueves, 29 de octubre de 2026 in

Ante Inés


 

El camino se dibujó despacio,

ente un mapa de asfalto y de latidos,
llevando el compás de los pasos
hacia donde estás tú, Inés.

El paisaje se tornó ligero,
el viento susurró tu nombre,
y el tiempo, viajero sincero,
aceleró la marcha del hombre. (PRJP)

La semana pasada nos trasladamos hasta Madrid, capital del reino, para conocer a nuestra sexta nietecilla y estrujarla a ella y a sus padres, nuestros hijos, entre los brazos, El viaje, de ida y vuelta, fue una invitación a detenerse, a escuchar y a ser escuchado, a proteger a quienes se quiere y a no permitir que las prisas terminen robando lo verdaderamente importante.

Viajamos hasta Madrid y es otoño. Por fortuna, el otoño ha venido al rescate cuando las sombras comienzan a alargarse, hay leña en los cobertizos, humean las chimeneas en los tejados, el mosto de la vendimia ya brotó en los lagares y el humus fermentado ablanda nuestros pasos por el bosque en busca de setas. El otoño llegó para salvarnos con los delicados matices de su luz de la uva moscatel. Y sin darnos cuenta ya apunta la luz del día y comenzamos el camino de vuelta con la niebla entre las carrascas de la campiña manchega para volver a escuchar el vaivén fino de las olas del Mar Menor, que darán paso a una mañanita de esas nieblas doradas por un sol muy amable. Y, entre tanto, bandadas de flamencos, garzas y cormoranes cruzarán el cielo hacia las salinas, campamentos de invierno, mientras en los mástiles suenan los tintineos varados por el Lebeche. Vale.


Ante Inés

 En la calma de la tarde que nacía,

se escuchó un paso ligero en el umbral,
y la estancia que apagada parecía
se encendió con una luz angelical.

Era Inés que, en los brazos de su madre,

trajo el viento de otros lares a la casa,
el perfume de un recuerdo ya olvidado
y la dicha que los tiempos sobrepasa.

 Su presencia fue un remanso de alegría,

una tregua para el alma y la rutina,
conversando mientras la hora transcurría
con la gracia que su sombra determina.

Nos marchamos,

ahí quedó su aroma impreso,
el eco del gimoteo en los rincones,
y el deseo de que sea su regreso
el alivio de futuros corazones.

 

PRJP. N.º. 38 En el veroño de 2026 mientras hacia un viaje de ida y vuelta.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


jueves, 22 de octubre de 2026 in

Saladares

 




 Este es el momento

de creer que el otoño

sólo trae belleza. (PRJP)

 Hace unos días pasaron en vuelo rasante sobre los tejados del Mar Menor los aviones de combate que el pasado 12 de octubre, día de la Fiesta Nacional, participaron en el desfile de las Fuerzas Armadas. Los aviones produjeron un sonido atronador, como si el cielo se descerrajara. En cuanto estos aparatos se alejaron volvió el silencio a Garnacha y entonces se oyeron las tijeras del jardinero trasquilando la hiedra. Los aviones dejaron en el espacio tres estelas de humo con los colores de la bandera nacional. Poco después los aviones regresaron para dar otra pasada y su estruendo fue creciendo a medida que se acercaban hasta que el Mar Menor quedó de nuevo sumergido bajo un sonido espantoso y cuando los aviones se alejaron, entonces, en el silencio, sonó la voz del chatarrero, quien desde la furgoneta con un megáfono, decía comprar colchones y toda clase de hierro viejo. Los aviones ya sólo volvieron volando con destino a sus hangares. Unos minutos después la urbanización volvió a quedar en silencio y esta vez, junto con los ladridos del perro, oí una canción infantil que salía de un jardín de infancia. “Un elefante se balanceaba sobre una tela de araña”, cantaban a coro los niños. Ahora gracias a que todo el armamento aéreo se había alejado definitivamente por el cielo a otra parte pude oír el timbre de la puerta. Era el chico de El Solar que traía la compra que mi señora había encargado muy de mañana al volver del paseo mientras volaban los aviones de combate. Llegó con la bolsa llena de frutas y verduras, aceite, agua, pan integral y otras viandas. El chico es murciano e hijo del dueño del local y se llama Emilio igual que su padre.

Aquí quedo dando, como canta Blas de Otero: “Gracias doy a la vida por haberme nacido. / Gracias doy a la vida porque vi los árboles, y los ríos y el mar…” Vale.

 

Saladares

 

Lugar con vocación de oasis

palmeras que se alzan señoriales

tatuando paisajes de murmullo hipnótico, 

rincones donde el tiempo se detiene

entre sombras verdes,

 reflejos dorados

y el rumor sereno del agua

que acompañan cada paso

hospedando fauna y flora;

 flamencos tiñendo horizontes de rosa,

 garzas y especies en peligro de extinción,

como la cerceta pardilla

o la malvasía cabeciblanca,

encontrando refugio

en estos humedales

en el que se entremezclan

en los salobrales

dunas, juncal y pinares.

 

PRJP. N.º 119 Por las salinas marmenorenses en el veroño de 2026.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


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