martes, 13 de octubre de 2026 in

Primer mes

 


 


SILLA DE ENEA

 

Hoy, primer mes de mi SULTANITA, tomo asiento en una de mis dos sillas de enea.

En Garnacha hay dos sillas de enea en el porche y una conversación diaria con uno mismo para mirar lo vivido y lo que todavía queda por soñar y hoy, también, para recordar.

Te recuerdo Inés, SULTANITA del harén familiar, en el amanecer de hoy en Garnacha, frente al mar, cuando el sol comienza a teñir de rojo el cielo, los escasos paseantes parecen sombras errantes en la playa y cuando la ricura de tus días, en este tu primer mes, ha cambiado el lindo color de tus mejillas.

 Apuntaba san Agustín que sabía perfectamente lo que era el tiempo, pero que a la vez era incapaz de explicarlo. Lo mismo podría decir yo a la vuelta del paseo y sentado a unos pocos metros del mar en mi porche de Garnacha y en mi silla de enea. Llega el momento en el que el cielo de Levante se tiñe de color rojo mientras la bahía del Mar Menor parece un espejo inmóvil. Es entonces cuando el tiempo es inaprensible, se me escurre de las manos y se acelera en la medida que cumplimos años. Henri Bergson escribió que el tiempo humano no es medible físicamente porque la vida es pura duración subjetiva. Y para mi niñita Inés el tiempo es su primer mes. Disfrutémosla, que, al fin y al cabo, es el tiempo que nos queda.

 

Primer mes

¡Inés!

No llegaste con ruido,

te presentaste como llega el alba,

pidiendo permiso

y quedándote con todo.

 

     Vaporosa NENITA, y ya tan inmensa:

con esos ojazos, que lo observan todo,

con esas manitas que ya lo abrazan todo

y ya desean todo.

Hoy el tiempo se detiene un segundo

para evocar tu nombre:

que por septiembre fue,

por septiembre,
cuando las viñas dan frutos
y los árboles desnudos
se visten ya de mayores.
Cuando los tiernos herbales
se madrugan rastrojales.
Cuando los simples cariños
devienen recios amores.

No hay mes que más días dure
en sus frutos otoñales.

Que por septiembre es,

por septiembre,

el mes más bello del año…


¡Inés

fuiste muy bien recibida,

has cumplido el primer mes,

que te quedes muchos años

y que el mundo te quede bien!

 

PRJP. N.º 37. En Garnacha y en el primer mes de otoño de mi nietecilla Inés.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


jueves, 1 de octubre de 2026 in

El olor del membrillo

 


El olor del membrillo

Por el cuello del aire corre el sudor espeso

del calor del membrillo, de tu calor meloso,

de la dulce resina que escapa de tu cuerpo.

Como piedras frutales, tuberosa dureza,

tu amarillor espera su turno de cogienda. (PRJP)

 

Cada otoño, cuando veo los membrillos en el membrillar del jardín en el chalé frente a Garnacha, siento la tentación de empezar un cuadro, pero no puedo y no sé, Dios no me dotó de la inteligencia espacial suficiente para poder hacerlo. De vez en cuando sólo sueño con tomar mi Nikon y volver a fotografiarlo. Y así lo hago.

Muestra suavidad y rusticidad: el sol de la tarde acaricia su piel rugosa y férrea. Es un dulce agreste. Asoman en él la acidez y la astringencia. Exhibe frescura de cidra, acidez de masa madre y profundidad, retama y arcilla. Y trota por el paladar con la alegría y determinación de un caballo percherón. El membrillo es una manzana grande e irregular, de carne dura y áspera, y con una borra que una vez eliminada deja una piel de reluciente oro.

 Me cuenta el dueño del membrillar, huertano de pro y de años “que para que un membrillero dé buenos frutos, debe estar cerca del rumor de la acequia. Puede que en el verano el cauce esté seco. Pero avanzando el otoño, la corriente, exigua normalmente, debe ir poco a poco invadiendo con su murmullo el entorno.” “Que el membrillero, árbol traído de muy antiguo de Asia, gusta de estar acompañado de chopos o higueras”. Las zarzas y las hiedras tampoco deben estar lejos. Y a sus pies, la tierra húmeda y fresca también propicia que crezca la cola de caballo o el lirio hediondo, que hoy con sus racimos de frutos rojos destacan en la umbría del bancal.

 Así que, al pasear, a primera hora de la mañana, noto que las acequias están envueltas de su maravilloso olor frutal no muy dulce. Un perfume que, al no haber sido recogidos los frutos, envuelve el cálido despertar de la mañana. Es un aroma muy sutil, a limpio, como lo puedan ser los limones circundantes y que me conducen a este soneto. Y ahí empezó a resquebrajarse la tarde, que se hizo sombría y fría. Vale.  

 

Calor septiembre

 

A la rama colgado, el oro estalla,
vestido de una densa y velluda piel,
que guarda en su aspereza el más fiel
aroma que en los huertos ya batalla.

 

Otoño lo corona y no desmaya
su dura carne de amargura y hiel;
nadie se atreve a hincarle el diente cruel
mientras el sol de la tarde ya desmaya.

 

Pero el fuego transmuta su destino,
en el caldero el fiero azúcar canta
y el oro áspero se hace dulce y fino.

 

Su aroma de hospitalidad levanta,
manjar de un tono rojo y coralino
que con su aroma las estancias canta.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.

 

 


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