CRISTO Y SU CRUZ A
CUESTAS
“La luna nos buscó
desde la almena,
cantó la acequia, palpitó el olvido.
Mi corazón, intrépido y cautivo,
tendió las manos, fiel a tu cadena.” (Antonio Gala)
Es mayo y en su día primero, en Grávalos, es la fiesta
del color, de la alegría, del tiempo sin horas y de los pequeños gestos. Es la
fiesta del Cristo y de la bajada del Humilladero. No es fácil de entender, ni
tampoco de explicar. Es lo que es y punto.
Desde pequeño aprendí a contar las primaveras a través del
Humilladero, del 22 de abril y el día del Cristo en el primer día de mayo. Los
dos días definen a la perfección, sin necesidad de apelar a grandes ripios ni
metáforas, la belleza de un pueblo que entre abril y mayo se viste de gala
para mostrar su cara más acogedora y jovial. El 22 de abril y el primero de mayo, entre la novena del
Humilladero y el Cristo Grávalos es clavadito en toda su esencia a ese espejo
que nos muestra las bondades de su carácter y las carencias que lo hacen único.
Es la fiesta de los primeros amigos y de los primeros besos, del fleco del traje
que se lía en el botón de la chaqueta al portar a la Virgen o al Cristo, de esa
mirada cómplice apoyado en la reja de la ermita, de esas dos sillas que unían los
padres para que durmiéramos el sueño de las noches eternas, de esa calle del Cantón,
de los suspiros, rezos y plegarias, del amor y la nostalgia. Por eso, Grávalos es
de otra manera. ¡Gracias a Dios y a
su bendita Madre!
Vengo a
contaros Cofrades algo que me han dicho entre el incienso que trepa por los
almendros floridos, cuando perfuman altaneros el “Puerto” y más arriba, en el
“Cantón”, entre el aroma de lirios, mientras la candelería enciende mil
suspiros, cuando alguien aprendía el oficio de saber llevar un trono con el
corazón prendido. Esto me lo musitó, quizá apenas fue un susurro, los sonidos
de la banda de música meciéndose con olor a incienso puro y cera de velamen. Esta celebración, convertida desde
años en una celebración de las más importantes de Grávalos,
es un testimonio vivo de la fe de un pueblo que, generación tras generación,
transmite la devoción al Santísimo Cristo de la Cruz a Cuestas y de Nuestra Señora del Humilladero.
Crujen
los trabadores bajo el peso de la devoción mientras Grávalos y su feligresía se
vuelve un pañuelo de suspiros mientras una marea de sentimientos se derraman
por las esquinas cuando el paso del Santo Cristo y su Madre Humilladero parece
querer rozar el cielo con la yema de los dedos que abrazan la Cruz. Es el
momento en que el tiempo se detiene y la madera y la piedra se hacen carne en
las imágenes, cuando el silencio solo lo rompe el roce de zapatos sobre el
viejo empedrado y el murmullo de una urbe, que se reconoce en sus imágenes sintiendo
que cada esquina, es un latido compartido de su propia historia. Así, entre el
revoloteo nervioso de los vencejos y las recién llegadas golondrinas en los
aleros, se muestra y expone el respeto de cientos de gravaleños y se presume
con orgullo por qué es una de las procesiones más serias, ordenadas, perfectas
y costumbrista de la tradición gravaleña.
Al
final de la mañana, cuando el silencio se adueñe y se mezcle con los cantos y
sones de la banda de música y las luces de los cirios se rindan ante el sol del
mayo gravaleño, quedará el eco de una devoción que no entiende de calendarios.
Es el misterio de un pueblo que se hace templo y de una madera que, tras años
de historia, sigue acunando los lamentos y esperanzas de todo este nuestro
pueblo. En ese caminar lento y perfecto de hombres y mujeres y jóvenes y niños
bien vestidos Grávalos, no solo ve pasar una procesión sino que se reencuentra
con su propia esencia, renovando cada Primero de Mayo ese pacto invisible de fe
que mantiene viva su memoria más sagrada. Y así va
pasando la mañana. Y así este cronista lo canta. Y así escuché decirme en su
gran solemne entrada, otra vez lejano, sólo por kilómetros, tras celebrar el
encuentro, ¡Grávalos cómo vibraba!, cuando volví a pediros que a su antiguo
templo entrara. Vale.
AL CRISTO CON LA
CRUZ A CUESTAS
Cristo de “morao” de terciopelo.
Cristo que eres vecino
aunque te lleven a cuestas
por las cuestas de mi pueblo.
Cristo que abrasas balcones
de aplausos y de ilusión.
Cristo que convocas gentes
de cualquier generación.
Cristo de muerte acallada
y de tan gravaleño son.
Repiquetean campanas
meciendo tu resplandor.
Músicas que anuncian al viento
toques de pena y candor.
Cristo de café con leche
y vermut sin relumbrón.
Cristo de pendón antiguo
y cercano callejón
donde tus fieles te aclaman
con blasfemias de aflicción.
Cristo que al pasearte por Grávalos
apaciguas su desazón.
hoy no te portan taramoscos
con túnicas de “morao” inspiración.
Mira cómo vibran tus cofrades
de vivas y de extenuación,
de sollozos a puñados,
rebosando de esplendor.
Mira, al fin, Cristo sublime
que paralizas el pueblo
que musita una oración.
Se apagaron los
lamentos
y la cera se apagó.
Concluyeron las
cantatas,
culminó la procesión
y los desfiles ahogaron
su triste desolación.
PRJP.
N.º 34. Desde Garnacha en recuerdo a todos los cofrades que fueron, son y
serán.
Texto
de La Medusa Paca fotografías la Medusa Paca y cedidas por Jesús María Jiménez
y Raúl Fraile. Copyright ©.