Recordando los pasillos, mientras llueve fuera
Y llegó al fin, como una mies madura,
a inclinarse mi ser, y quiero tenga
nidos mi cimentada arquitectura.
Dejando un rastro malva en el rocío…,
morir como una flor en el crepúsculo,
sintiendo que el barranco se hizo río.
Hoy estoy sintiendo a mi alrededor aquello que me
empodera y me conduce a dar sentido a la vida. Voy remontando el río de la
memoria desde aquellos gratificantes años y hasta me adentro en aquellas aulas
de aprendizaje y educación donde humeaban los cuadernos y libros, plumas y
lapiceros, surgía el aprendizaje en la resolución de problemas, las amistades,
el soñar con objetivos y los grandes esfuerzos que todos teníamos que hacer
para ir superando los cursos, que los profesores, no lo dudéis, cocinábamos con
tanto amor.
Os recuerdo, queridos alumnos, a esa edad en que
vuestros padres ya no os entendían; en esos años en que vuestro hermano pequeño
seguía de rodillas; en esos tiempos de pestillos cerrados y venas abiertas,
siempre os quedaba la isla, esa isla abierta, que era el instituto.
Sucedió hace mucho, ¿lo recordáis? Como un brotar en
una mañana lluviosa de los muchos febreros que fueron pasando. En vez de una
cuenta en Instagram, teníais una carpeta forrada de fotografías. En vez de un
muro de Facebook había una tapia, la que daba al pabellón, donde poníais de
todo.
No había WhatsApp y aun así mandabais mensajes. Os
llegaban en papeles doblados y furtivos. Como un sobre sorpresa del Monopoly
contra el tedio de los quebrados. “Luis está por ti”. Y eso sí que era una
sorpresa: porque vosotros dejabais de ser chicos.
La clase era un autobús con los asientos alineados
desordenadamente, una excursión que duraba nueve meses, treinta y tantos sacos
de hormonas desatadas. Se pasaba una lista que te sabías de memoria y que
todavía recuerdas. Concepción Mardones, Marta Echevarría, Jesús Arruego,
Antonio Escrich, Estela Chocarro, Mariano Sánchez... Y si te apellidabas Vilchez
rogabas a Dios que empezasen a preguntar por orden alfabético.
Si querías ligar tenías que dar la cara, salir de la
cueva. Se pedía amistad en persona. Y los “me gusta” se decían a 40 centímetros
del otro. Si te había salido un grano descomunal en la frente el día de marras,
no había Photoshop ni hostias en vinagre que te lo fuera a borrar. No tenías
Tinder, pero habías crecido con verdad, atrevimiento o beso.
Sólo había que elegir entre ciencias y letras, Ética o
Religión, Latín o Griego. Y si eras de la ribera baja del Ebro, pegando a
Calahorra, hasta que os separasteis, marcabais tendencia en vuestras
expresiones y hasta en las formas de vestir.
Al matón, que existía, lo perdíais de vista cuando
sonaba el timbre porque entonces no podía perseguiros por el móvil. Todos salíais
pitando, con alma que lleva el diablo o chutando con una pelota, siempre con
una pelota. Porque vuestros deseos eran redondos.
Nos vituperábamos a secas, sin anglicismos y en
español. Los virus eran menos virales: no recuerdo ni un sólo catarro como los
de ahora. Las cosas se llamaban por su nombre. La nube era una nube. Un trol
era el ser antropomorfo que salía en David el Gnomo. Si algo os gustaba ibais a
por ello y no hacíais clic. Y la calle era una pantalla de Arcade que nunca te
pasabas.
No os gustaban los finales. Los exámenes terminaban
todos igual: “cinco minutos y recojo”.
Luego recogimos. Luego nos separamos. Luego crecisteis.
Luego vinieron otros chicos. Y ahí sigue aquella isla llena de tesoros, lianas
y animales salvajes que era el instituto, vuestro, nuestro Instituto, “el Pablo
Sarasate”. Vale.
Mi voz quede en la nieve y la perfore
en busca de otro prado y otras aves,
para que un trino celeste la enamore.
Texto y fotografías de La
Medusa Paca. Copyright ©.