viernes, 1 de mayo de 2026 in

CRISTO Y SU CRUZ A CUESTAS




 



 



 

CRISTO Y SU CRUZ A CUESTAS

 

“La luna nos buscó desde la almena,
cantó la acequia, palpitó el olvido.
Mi corazón, intrépido y cautivo,
tendió las manos, fiel a tu cadena.” (Antonio Gala)

 

Es mayo y en su día primero, en Grávalos, es la fiesta del color, de la alegría, del tiempo sin horas y de los pequeños gestos. Es la fiesta del Cristo y de la bajada del Humilladero. No es fácil de entender, ni tampoco de explicar. Es lo que es y punto. 

Desde pequeño aprendí a contar las primaveras a través del Humilladero, del 22 de abril y el día del Cristo en el primer día de mayo. Los dos días definen a la perfección, sin necesidad de apelar a grandes ripios ni metáforas, la belleza de un pueblo que entre abril y mayo se viste de gala para mostrar su cara más acogedora y jovial. El 22 de abril y el primero de mayo, entre la novena del Humilladero y el Cristo Grávalos es clavadito en toda su esencia a ese espejo que nos muestra las bondades de su carácter y las carencias que lo hacen único. Es la fiesta de los primeros amigos y de los primeros besos, del fleco del traje que se lía en el botón de la chaqueta al portar a la Virgen o al Cristo, de esa mirada cómplice apoyado en la reja de la ermita, de esas dos sillas que unían los padres para que durmiéramos el sueño de las noches eternas, de esa calle del Cantón, de los suspiros, rezos y plegarias, del amor y la nostalgia. Por eso, Grávalos es de otra manera. ¡Gracias a Dios y a su bendita Madre!

Vengo a contaros Cofrades algo que me han dicho entre el incienso que trepa por los almendros floridos, cuando perfuman altaneros el “Puerto” y más arriba, en el “Cantón”, entre el aroma de lirios, mientras la candelería enciende mil suspiros, cuando alguien aprendía el oficio de saber llevar un trono con el corazón prendido. Esto me lo musitó, quizá apenas fue un susurro, los sonidos de la banda de música meciéndose con olor a incienso puro y cera de velamen. Esta celebración, convertida desde años en una celebración de las más importantes de Grávalos, es un testimonio vivo de la fe de un pueblo que, generación tras generación, transmite la devoción al Santísimo Cristo de la Cruz a Cuestas y de Nuestra Señora del Humilladero.

Crujen los trabadores bajo el peso de la devoción mientras Grávalos y su feligresía se vuelve un pañuelo de suspiros mientras una marea de sentimientos se derraman por las esquinas cuando el paso del Santo Cristo y su Madre Humilladero parece querer rozar el cielo con la yema de los dedos que abrazan la Cruz. Es el momento en que el tiempo se detiene y la madera y la piedra se hacen carne en las imágenes, cuando el silencio solo lo rompe el roce de zapatos sobre el viejo empedrado y el murmullo de una urbe, que se reconoce en sus imágenes sintiendo que cada esquina, es un latido compartido de su propia historia. Así, entre el revoloteo nervioso de los vencejos y las recién llegadas golondrinas en los aleros, se muestra y expone el respeto de cientos de gravaleños y se presume con orgullo por qué es una de las procesiones más serias, ordenadas, perfectas y costumbrista de la tradición gravaleña.

Al final de la mañana, cuando el silencio se adueñe y se mezcle con los cantos y sones de la banda de música y las luces de los cirios se rindan ante el sol del mayo gravaleño, quedará el eco de una devoción que no entiende de calendarios. Es el misterio de un pueblo que se hace templo y de una madera que, tras años de historia, sigue acunando los lamentos y esperanzas de todo este nuestro pueblo. En ese caminar lento y perfecto de hombres y mujeres y jóvenes y niños bien vestidos Grávalos, no solo ve pasar una procesión sino que se reencuentra con su propia esencia, renovando cada Primero de Mayo ese pacto invisible de fe que mantiene viva su memoria más sagrada. Y así va pasando la mañana. Y así este cronista lo canta. Y así escuché decirme en su gran solemne entrada, otra vez lejano, sólo por kilómetros, tras celebrar el encuentro, ¡Grávalos cómo vibraba!, cuando volví a pediros que a su antiguo templo entrara. Vale.


AL CRISTO CON LA CRUZ A CUESTAS

 

Cristo de “morao” de terciopelo.

Cristo que eres vecino

aunque te lleven a cuestas

por las cuestas de mi pueblo.

Cristo que abrasas balcones

de aplausos y de ilusión.

Cristo que convocas gentes

de cualquier generación.

Cristo de muerte acallada

y de tan gravaleño son.

Repiquetean campanas

meciendo tu resplandor.

Músicas que anuncian al viento

toques de pena y candor.

Cristo de café con leche

y vermut sin relumbrón.

Cristo de pendón antiguo

y cercano callejón

donde tus fieles te aclaman

con blasfemias de aflicción.

Cristo que al pasearte por Grávalos

apaciguas su desazón.

hoy no te portan taramoscos

con túnicas de “morao” inspiración.

Mira cómo vibran tus cofrades

de vivas y de extenuación,

de sollozos a puñados,

rebosando de esplendor.

Mira, al fin, Cristo sublime

que paralizas el pueblo

que musita una oración.

Se apagaron los lamentos

y la cera se apagó.

Concluyeron las cantatas,

culminó la procesión

y los desfiles ahogaron

su triste desolación.

 

PRJP. N.º 34. Desde Garnacha en recuerdo a todos los cofrades que fueron, son y serán.


Texto de La Medusa Paca fotografías la Medusa Paca y cedidas por Jesús María Jiménez y Raúl Fraile. Copyright ©. 



miércoles, 22 de abril de 2026 in

Celebrando un 22 de abril

 



A metro y medio de Ti

sobre tu trono ensalzada

no hay quien en el mundo pueda

aguantarte la mirada.

Unos verán una joven

en sollozos entregada,

otros una mocita

con lágrimas de perla y nácar. (PRJP)

 

Celebrando un 22 de abril

Cuando sale la Virgen de camino hacia la iglesia, cada veintidós de abril después de voltear el campanillo de su ermita, y por la mañana, en Grávalos pasan cosas infinitas. A su paso queda el cruce del “Puerto” al vaivén de los cierzos en un tiempo en el temblor.  Y hay veces que hasta sudan los sillares de piedra “china” de su barandilla y hasta las abanican los devotos mientras la esperan. A veces el remolino del café se lleva el olor de las calas, junto a los lirios, y el aliento de los caminantes. La cucharilla da cien vueltas de impaciencia. La misteriosa mañana parece siempre por venir. Por eso yo, siempre en este día, le suelo tararear a la Virgen, mientras la veo procesionar desde la lejanía, una letra por alegrías de Cartagena que escribió un tal Isidro Muñoz: “Cascaritas de naranjas / a cubitos voy cogiendo / por encimita del agua / cuando el sol ya va saliendo, cuando el sol se va escondiendo, / cascaritas encendías / de naranjas de la mar. / Mañana a la misma hora / recojo un cubito más”.

Hay algo salobre en la Virgen. No sé explicarlo. Su imagen avanza recogiendo cascaritas de naranja, destellos de espuma, el alba húmedo y casi helador del cierzo. Ella es como una desembocadura, ensanchamiento de amor en ese cruce de caminos y en sus cuatro direcciones. La oración que todos necesitamos antes de afrontar la inmensidad de un océano. Por eso durante su procesión la luna es un confeti. Cada trozo de cielo entre los dientes de piedra recuerda las teselas de los pájaros volando hasta la tez de la memoria. Es rosa su pupila. Y su mirada desciende hasta la hiedra de la baranda abandonada en una proyección inexplicable. Dios es cada suspiro en la alborada, un rayo que atraviesa la villa desde los ojos de la Virgen. Su cara nacarada de destellos rebosa en los balcones y en los maceteros de los geranios encendidos como faros.

Yo no sé qué tiene la Virgen Humilladero en su encarnadura que simula arrugas de juventud, pero algo tiene. Cuando sus siervas encienden las candelarias de acompañamiento sale un sol por la cornisa del campanillo que ciega incluso por la espalda, que se derrama por los hombros sobre los pies, que hace estallar las sombras como si la claridad fuera una piedra sobre el tejado. Ese sol hace añicos las figuras. Porque sólo se permite una silueta. Ella. Nada más. ¿Cómo explicarlo? Todo gravaleño tiene su advocación de María, su petición reservada. Pero cuando las campanas de la iglesia de la Antigua y el campanillo de su ermita enloquecen en la mañana de abril para despertar al mundo, no hay nadie en el pueblo que no bisbisee lo que desde varias generaciones se le pide en sus casas a la Virgen del Humilladero. Volver. Abrir los ojos de nuevo ante Ella para ofrecerle otro cubito de cáscaras 'encendías' de naranjas de la mar. Y al regresar, rota la luz y rota la costumbre, yo siempre juego a preguntarle a la margarita que le arranco cada primavera si me quiere o no me quiere. Y ELLA siempre me contesta: ¡SI TE QUIERO!


ELLA

 

Amor de flor de abril,

olor alado,

pellizco de la rosa “encendía”,

almendro, naranjo despojado,

¡avemaría!

alféizar medieval más elevado.

Amor del abanico enajenado

que aventas ante el mar la algarabía

del cuerpo que me da la Eucaristía

y pone a Humilladero en mi costado.

No hay flor que tu mirada no deshoje

y cuente cada pétalo a los vientos,

ni nardo que al pasar no se me antoje.

La Virgen va entonando el miserere

y yo voy deshojando mis lamentos:

que, al partir de tu ermita,

rota la luz y rota la costumbre,

yo siempre juego a preguntarle

a la margarita que le arranco cada primavera

me quiere, no me quiere:

¡Sí me quiere!

 

PRJP. N.º 33 Dede Garnacha y en otro año más, este de 2026.

 

 

Texto y fotografías de Jesús María Jiménez Pérez y La Medusa Paca. Copyright ©.


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