jueves, 5 de noviembre de 2026 in

Caminando de mañana

 

 


Silla de Enea

Caminando de mañana

Caminante de la brisa,
busca el mapa en el latido,
va la mañana sin prisa
por el rumbo prometido.

No hay vereda ni destino,
solo el paso y la osadía;
con los pies nace el camino,
con el alma, la poesía. (PRJP)

El camino por el que paseo es una estrecha lengua de tierra, un filón de arena y roca suspendido en el mapa. A la derecha, el Mar Menor: una balsa de aceite, templada y mansa, un espejo de plata, ajeno al tiempo, ofreciendo una quietud tan perfecta que el cielo se confunde con el suelo y donde el agua apenas susurra al lamer la orilla. A la izquierda, el Mar Mediterráneo: inmenso, de un azul profundo y salvaje, rompiendo con fuerza y ritmo constante contra los acantilados y las playas abiertas que late con la fuerza de un gigante siendo un abismo de azul heráldico que rompe en cantos de espuma contra la orilla salvaje.

Caminar por aquí es habitar dos mundos, entregándome a la vez a una hermosa dualidad.

A cada paso, el contraste es total. El viento del este trae el olor vivo y salitroso del Mayor, salpicando la piel con una brisa fresca que despierta los sentidos acariciándola con el aroma vivo de la sal y el oleaje, un eco de horizontes infinitos y viajes sin rumbo. Al girar la cabeza, la quietud del Menor ofrece un reflejo perfecto del cielo, una lámina dorada donde las garzas reales aguardan inmóviles bastando una mirada hacia el oeste para que la prisa se disuelva en la laguna mansa, donde el agua es un manto tibio que acaricia la arena en un susurro eterno. Es el abrazo invisible de dos naturalezas opuestas: el rugido y el silencio, el abismo y el refugio. Es un paseo de dualidades: el oleaje y la calma, el rugido y el silencio, la inmensidad del océano abierto frente al refugio de la laguna cálida.

Al avanzar hacia el ocaso, los dos mares parecen fundirse en los extremos del horizonte. El sol se oculta tras las huertas y urbanizaciones del interior, tiñendo el agua tranquila de tonos púrpuras y anaranjados y mientras el sol comienza su descenso el paisaje se transforma en un lienzo sagrado, mostrándose a la espalda el mar abierto oscureciéndose bajo la primera luz del faro. El oro y el púrpura se derraman sobre las aguas calmas, mientras el mar mayor se viste con la solemnidad de la noche.

En este rincón del mundo, el caminante no pertenece a la tierra, sino al espacio intermedio donde dos mares se miran de frente siendo consciente de que no pisa una simple lengua de tierra, sino la frontera misma de la poesía. Vale.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.


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