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jueves, 1 de octubre de 2026 in

El olor del membrillo

 


El olor del membrillo

Por el cuello del aire corre el sudor espeso

del calor del membrillo, de tu calor meloso,

de la dulce resina que escapa de tu cuerpo.

Como piedras frutales, tuberosa dureza,

tu amarillor espera su turno de cogienda. (PRJP)

 

Cada otoño, cuando veo los membrillos en el membrillar del jardín en el chalé frente a Garnacha, siento la tentación de empezar un cuadro, pero no puedo y no sé, Dios no me dotó de la inteligencia espacial suficiente para poder hacerlo. De vez en cuando sólo sueño con tomar mi Nikon y volver a fotografiarlo. Y así lo hago.

Muestra suavidad y rusticidad: el sol de la tarde acaricia su piel rugosa y férrea. Es un dulce agreste. Asoman en él la acidez y la astringencia. Exhibe frescura de cidra, acidez de masa madre y profundidad, retama y arcilla. Y trota por el paladar con la alegría y determinación de un caballo percherón. El membrillo es una manzana grande e irregular, de carne dura y áspera, y con una borra que una vez eliminada deja una piel de reluciente oro.

 Me cuenta el dueño del membrillar, huertano de pro y de años “que para que un membrillero dé buenos frutos, debe estar cerca del rumor de la acequia. Puede que en el verano el cauce esté seco. Pero avanzando el otoño, la corriente, exigua normalmente, debe ir poco a poco invadiendo con su murmullo el entorno.” “Que el membrillero, árbol traído de muy antiguo de Asia, gusta de estar acompañado de chopos o higueras”. Las zarzas y las hiedras tampoco deben estar lejos. Y a sus pies, la tierra húmeda y fresca también propicia que crezca la cola de caballo o el lirio hediondo, que hoy con sus racimos de frutos rojos destacan en la umbría del bancal.

 Así que, al pasear, a primera hora de la mañana, noto que las acequias están envueltas de su maravilloso olor frutal no muy dulce. Un perfume que, al no haber sido recogidos los frutos, envuelve el cálido despertar de la mañana. Es un aroma muy sutil, a limpio, como lo puedan ser los limones circundantes y que me conducen a este soneto. Y ahí empezó a resquebrajarse la tarde, que se hizo sombría y fría. Vale.  

 

Calor septiembre

 

A la rama colgado, el oro estalla,
vestido de una densa y velluda piel,
que guarda en su aspereza el más fiel
aroma que en los huertos ya batalla.

 

Otoño lo corona y no desmaya
su dura carne de amargura y hiel;
nadie se atreve a hincarle el diente cruel
mientras el sol de la tarde ya desmaya.

 

Pero el fuego transmuta su destino,
en el caldero el fiero azúcar canta
y el oro áspero se hace dulce y fino.

 

Su aroma de hospitalidad levanta,
manjar de un tono rojo y coralino
que con su aroma las estancias canta.

 

Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.

 

 


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