El
olor del membrillo
Por el cuello del aire corre el
sudor espeso
del calor del membrillo, de tu
calor meloso,
de la dulce resina que escapa de tu
cuerpo.
Como piedras frutales, tuberosa
dureza,
tu amarillor espera su turno de
cogienda. (PRJP)
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Cada
otoño, cuando veo los membrillos en el membrillar del jardín en el chalé frente a Garnacha,
siento la tentación de empezar un cuadro, pero no puedo y no sé, Dios no me
dotó de la inteligencia espacial suficiente para poder hacerlo. De vez en
cuando sólo sueño con tomar mi Nikon y volver a fotografiarlo. Y así lo hago.
Muestra
suavidad y rusticidad: el sol de la tarde acaricia su piel rugosa y férrea.
Es un dulce agreste. Asoman en él la acidez y la astringencia. Exhibe
frescura de cidra, acidez de masa madre y profundidad, retama y arcilla. Y
trota por el paladar con la alegría y determinación de un caballo percherón.
El membrillo es una manzana grande e irregular, de carne dura y áspera, y con
una borra que una vez eliminada deja una piel de reluciente oro.
Me
cuenta el dueño del membrillar, huertano de pro y de años “que para que un
membrillero dé buenos frutos, debe estar cerca del rumor de la acequia. Puede
que en el verano el cauce esté seco. Pero avanzando el otoño, la corriente,
exigua normalmente, debe ir poco a poco invadiendo con su murmullo el
entorno.” “Que el membrillero, árbol traído de muy antiguo de Asia, gusta de
estar acompañado de chopos o higueras”. Las zarzas y las hiedras tampoco
deben estar lejos. Y a sus pies, la tierra húmeda y fresca también propicia
que crezca la cola de caballo o el lirio hediondo, que hoy con sus racimos de
frutos rojos destacan en la umbría del bancal.
Así
que, al pasear, a primera hora de la mañana, noto que las acequias están
envueltas de su maravilloso olor frutal no muy dulce. Un perfume que, al no
haber sido recogidos los frutos, envuelve el cálido despertar de la mañana.
Es un aroma muy sutil, a limpio, como lo puedan ser los limones circundantes
y que me conducen a este soneto. Y ahí empezó a resquebrajarse la tarde, que
se hizo sombría y fría. Vale.
Calor
septiembre
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A
la rama colgado, el oro estalla,
vestido de una densa y velluda piel,
que guarda en su aspereza el más fiel
aroma que en los huertos ya batalla.
Otoño
lo corona y no desmaya
su dura carne de amargura y hiel;
nadie se atreve a hincarle el diente cruel
mientras el sol de la tarde ya desmaya.
Pero
el fuego transmuta su destino,
en el caldero el fiero azúcar canta
y el oro áspero se hace dulce y fino.
Su
aroma de hospitalidad levanta,
manjar de un tono rojo y coralino
que con su aroma las estancias canta.
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Texto
y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.
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