domingo, 12 de enero de 2020 in

Un día de caza en la nevada de enero





Un día de caza en la nevada de enero

“Yo creo que la infancia, y no solo para mí, sino para la mayoría de la gente, es algo que marca para siempre. Aunque la quieras olvidar no puedes… Y todo lo que se ha vivido de niño, por lo menos las cosas más llamativas, las que más te han impresionado, eso perdura a lo largo de los años”. (Ana María Matute)


Situémonos. Corrían los años cincuenta, hacia los principios de la mitad de la década, en un rincón pobre y abrupto de la España rural, donde Castilla comenzaba a perder su nombre, con largos y fríos inviernos, primaveras florecidas y frescas, veranos tórridos de día y otoños olorosos. Eran los últimos coletazos del racionamiento, de los delegados, del poco pan de trigo y mucho de centeno, de miga oscura y, denominado a veces, pan negro, de los finales de la economía del trueque y del estraperlo agonizante. Eran los tiempos en los que se amasaba en casa y la masa se llevaba a cocer a uno de los dos hornos existentes en el pueblo: el de “la tía Rufa”, más rural y primitivo, menos mecanizado y, probablemente, más comunitario. Y otro, el llamado “la Tahona”, del “tío Demetrio y tía Claudia”; también llamado de “las panaderas”, más industrial y selecto y, por tanto, con menos esencia y raíces rurales. Diré que, en ese decenio, entorno y día, llegué a salir al campo y comprobar si el cazador al que acompañé durante la mañana de esos primeros días de enero, pasadas las fiestas, entre Reyes y san Antón, era capaz de llenar su morral. Amaneció el día con una apacible nevada. Hacía frío helador y la mañana estaba sosegada y sin viento. Día apropiado para la caza siguiendo las huellas de las liebres y perdices a través del blanco manto. La caza, en aquellos días de posguerra, era en el pueblo uno de los placeres del otoño e invierno, una distracción inocente. Salir de caza, acompañando a los mayores, fue aquel día una de las mayores alegrías de mi infancia. Disfruté desde el primer momento, tanto como aquel perro, de nombre luna, pachón navarro, blanco y castaño, valiente para la maleza, trabajador, metódico, minucioso, activo y alegre, pelo corto, liso, de textura dura y apariencia basta en el cazar, empleado para la caza de pelo y pluma que comenzó a saltar de alegría cuando apareció en el portal mi abuelo Arcadio con la cartuchera al cinto y su escopeta, de un solo caño, al hombro. En Grávalos todavía no había cotos y aún quedaba caza. Todo era campo libre. Y en él rondaban los gorriones, cogujadas, calandrias, codornices y perdices junto a orejudas liebres y conejos, todavía no mixomatosos. Las hermosas aves de rapiña se consideraban entonces alimañas que había que eliminar para proteger la caza, y en el Ayuntamiento te daban unas “rubias” si llevabas un aguilucho muerto o unos huevos de águila, de urraca o de cuervo. La veda no se respetaba demasiado, o sea que, con más frecuencia de lo debido, se ejercía de furtivos.

Debo de reconocer que ese día, después de la batida, volvimos a casa, a disfrutar del fuego, con el morral a medio llenar, después de recorrer las llanuras de la dehesa esperando que saltara la liebre a la vereda y de perseguir en los cogotes y laderas hacia la nevera el esquivo y bravo bando de perdices. Y aquel día, como el morral y la percha vinieron medio llenas, hubo fiesta y, junto a la charada, nos reunimos a celebrarlo. Aquella tarde merendamos un fastuoso calderillo de liebre. El calderillo, colgado de los llares sobre el fuego de la cocina, se utilizaba siempre en casa, como el instrumento de un rito sagrado, para estas pitanzas de caza y para las sabrosas migas del almuerzo. Mientras el grupo de amigos, sentados alrededor del llar, dimos buena cuenta del humeante calderillo de liebre aliviado por el porrón que corría de mano en mano y amenizado por el abuelo, experto cazador, contando con pelos y señales los detalles de sus fantásticas y exageradas hazañas de caza, siempre las mismas, en las que mandaba la imaginación.

Ahora ya no queda caza ni apenas cazadores rurales. Mi pueblo, como sabemos, se va vaciando y los que aún resisten son demasiado mayores para echarse al campo con la escopeta al hombro. Además, el campo está acotado, y hoy en las tierras comunales y propias de los lugareños hay más ciervos y jabalíes que liebres, perdices o torcaces, aunque aún queda alguna malviz entre los olivares.

Personalmente, cuando comencé a saborear platos de caza, todavía sigo haciéndolo, perdí la inocencia y hoy me pregunto qué diría Miguel Delibes. Sólo las aves de rapiña sobrevuelan ya los cielos gravaleños. Pero todavía queda la nostalgia de esas noches de luna en las que me gustaría volver a escuchar en la cercanía de los montes de encinas, en medio del silencio, la berrea de los ciervos en celo y seguir dando de comer en mi pequeño jardín a los mirlos y gorriones. El invierno ya está aquí y su crudeza todavía sigue abatiéndose sobre esos pueblos despoblados y sobre los que están a punto de quedar vacíos. Me enseñaron que la palabra poblar viene de pueblo. Y comprobé que un pueblo despoblado no es nada. Es como un río sin agua, una campana sin badajo, una casa sin puerta, ni cocina, ni paredes. Es una tristeza, un disparate. ¡Qué les voy a decir! Este llanto, a los que somos de pueblo, y yo lo soy, nos viene, impetuoso, furioso, arrebatado e irrefrenable...Por eso desearía, como cuando yo era niño, que habría almas por las calles que yo anduve, risas de niños en los patios de la escuela, miles de sonidos y algún arriero deambulando por los caminos. Y Sé, son fechas de ello, que no tardará la nieve en cubrirlo todo con su piadoso sudario blanco y frío.

Estos son recuerdos de mi infancia lejana, pero muy presente, de esa infancia cuando en el pueblo no había, por no haber, ni agua corriente, ni teléfono. Sí luz eléctrica, pero mortecina; el terreno, ayer como hoy, sigue siendo escabroso y algunas calles todavía siguen con un empedrado rudimentario, bello y suficiente que, en aquellos años de mi infancia, estaba frecuentemente adornado y densamente poblado de cagajones y cagarrutas, sólo había un coche: “La Rubia”, dos o tres tractores, carros sueltos, alguna galera y escasas bicis. Aún no habían llegado masivamente las cosechadoras. Si funcionaban algunas maquinas-trilladoras de “Ajuria-Vitoria”. Y, en realidad, allí todavía estaba incipiente, muy embrionaria, la rueda. Vale.

Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

domingo, 5 de enero de 2020 in

No se han caído los sueños






No se han caído los sueños


 “Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas…/
…/Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo ganas
para ver el calzado
de mi pobre ventana.”

De adolescente tuve la dicha de leer que Miguel Hernández, cada cinco de enero, ponía sus abarcas de cabrero en la ventana y no le dejaban nada.
Hoy 5 de enero de 2020, y con el alma infantil, me atrevo a dirigirme, pleno de sueños infantiles, a esos queridos Reyes Magos de mi esperanza y de mi ilusión:

¿Os acordáis de mí? Queridos Reyes Magos. Supongo que sí.

De pequeño os escribí todos los años, y siempre me conformé con lo poco que recibía.
A los niños de casa grande, solían ser muy pocos, les traíais muchas cosas. A mí, sólo sueños, muy poco de lo que pedía, y a veces humo de sarmiento verde y llorón en cocina económica mal colocada y con poco tiro.

Bueno, sí, algo más: el aguinaldo preparado por mi madre- ¡ay, mi madre! - y esos turroncillos de guirlache casero, hechos con amor, mucho cariño y con almendra Marcona. Sabían a sus manos, el mismo aroma de cuando las besaba al salir de la escuela… Era la costumbre. Y también me dejasteis al pie de la ventana algunas mandarinas, pues eran más dulces y económicas que esas naranjas envueltas en fino papel.

Supongo, queridos Reyes Magos que, ante el trabajo para repartir tanta dádiva y generosidad, no daríais con mi casa. Nuestra casa tenía el número 18 de la calle Don José Elorza Aristorena, estaba escrito en negro, aunque la tinta apenas se veía. El sol y la lluvia lo habían casi borrado. Sería por eso por lo que no parabais, porque seguro estoy que recibiríais mis cartas. Porque yo, como tantos niños, teníamos sueños, y creíamos en vosotros, Reyes de Oriente. Éramos familia numerosa y muchos niños en toda la calle, y, además, ésta era muy larga, la más larga del pueblo. Pero siempre nos quedábamos en vela para ver si pasabais calle adentro para alcanzar los barrios de arriba de nuestro pueblo y dejar los regalos junto a los zapatos limpios sobre la vieja ventana de madera de vieja encina…Pero al final, el sueño nos vencía y nos dormíamos antes de poder veros. 

Cada año me esforzaba en escribiros, aunque a veces no lo lograra, con letra bonita y, siempre, sin faltas ortográficas. La mayoría de los años lo hice con tinta azul, de tintero y para estilográfica recargable.Y luego, en un sobre, la echaba en el buzón que había por fuera de la casa del cartero, en esa puerta marrón, unas casas más allá de la nuestra hacia el centro del pueblo, de este mismo lado de la calle-carretera y, aún me acuerdo…, ciertamente que le ponía sello.

Me pregunto ahora, ya mayor, en qué carroza, en qué alforjas de camello, quedaron olvidadas las cartas de aquellos niños soñadores, niños capaces de inventar historias con los juguetes que os pedíamos mientras os escribíamos con nuestra su mano nerviosa.

Pero llegaba el 6 de enero, y como el poeta dice en las Abarcas Desiertas del poema, acabábamos con los zapatos vacíos, rotos pero limpios, y jugando de nuevo en el “juego-pelota”, ahora frontón, con ese balón más parecido a la vejiga del cerdo de la reciente matanza, o corriendo por las calles haciendo rodar un aro o al escondite o, también, al marro entre los viejos corrales de la decrépita Dula…

Hasta que un día nuestras madres o algún muchacho más avispado que nosotros nos dijo que los Reyes eran los padres. Y entonces se nos cayeron los sueños, se rompió el decorado de la historia que nos inventábamos. Era sólo de piedra y cartón. Y supe por qué al amigo que vivía en la casa grande le traían tantas cosas, y a otros tan pocas; y a mí, esa tan querida caja de pinturas Alpino y poco más…
Así que rabié, porque en vuestras correrías no habríais dado con el número 18 de mi calle mientras creí en vosotros. Y ahora me entristezco por todos esos niños que escriben cartas, más que por lo que no les traéis, por aquello que se les está hurtando: la vida, los sueños y esas historias de creer en algo.

Ya no os pido ahora para ellos lo que os quedó olvidado en vuestras carrozas de mis años de infancia. Aquellos regalos que no se entregaron, sino para que mantengáis en los niños que os escriben lo que es de ellos: sus sueños e ilusiones, y no se pierdan tras las huellas de vuestros camellos por esos senderos polvorientos por donde os marchareis en la alborada de cada 6 de enero. Os pido, que yo, ya no quiero recuperar el tiempo, ni los paquetes que no me entregasteis. Fui feliz con los juegos sencillos en las calles abiertas al horizonte de mi pueblo.

Pido que los niños que os escriben encuentren y vivan su infancia en cualquier caja de regalo, aunque no lleve el envoltorio dorado del resto de los otros regalos, que encuentren la sonrisa, el calor de unas manos, y un camino hacia la escuela…Eso, hacia la escuela. ¿Os pido tanto?

Pido que esos niños, concretados en mis nietecillos, se sigan emocionando ahora, porque después, ya no podrán recuperar el tiempo, la ilusión, su infancia, aunque sea sin juguetes. Y se encontrarán con sus zapatos rotos permaneciendo en sus queridos pueblos donde poder de nuevo soñar. Es allí, aunque comiencen a vaciarse, donde más gratificante se sueña y que piensen que es allí donde jamás morirá ese niño aunque  crezca. 

Pido para ellos. Vale.
"¿Le digo que venga?
¡Llámale tú, anda!
Tengo dos zapatos; le voy a dar uno,
y cuando los Magos
pasen por mi casa
ya sabrán que allí duerme un niño
y pondrán juguetes
de tierras lejanas…”

Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

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