Cumpleaños
Después del día tan maravilloso que disfruté ayer observo que el primer amanecer de este primer día de febrero está siendo frio y lluvioso, como toca en este invierno tan particular. Poco después de las ocho el día se ha ido iluminando como mi ánimo. Un fulgor rojo incendió el horizonte. Y luego el sol fue apareciendo para llenar la atmósfera de una luz transparente. Sólo algunas nubes difuminaban el intenso color azul del cielo. Y aquí, junto al fuego, me he puesto a escuchar a Juan Sebastián Bach. Y no me da vergüenza decir que me emociono al escuchar el Preludio y Fuga BWV 546 para órgano. Sus notas hoy me transportan a esos años de mi incipiente juventud, a las mañanas de la capilla central de la Catedral de Murcia, allá por los años sesenta y a los inviernos de hace más de medio siglo.
Acabo de levantarme y contemplo la lluvia de invierno sobre la esfera de la tierra, los tejados de una casa y su huerta, la ventana, la terraza y una palmera cimbreando por el viento, un hombre por la calle dirección a comprar el pan, su vaporosa respiración y un poco de calor en su conciencia. En el centro de la casa, de nuestra casa está encendida la llama de una vela. Hace tiempo, cuando yo me lo tomaba todo a la tremenda, escogí entre la casa o el camino. O una vida o la otra. Ahora puedo decir que para llegar a la casa necesitaba el camino. Al menos, esa ha sido mi experiencia. Y ¿qué marcó la nube allá en lo alto? ¿La casa o el camino? Los dos. Vale.
PD. Me envejecen los demás cuando veo a alguien después de muchos años y pienso, este abuelete cebolleta soy yo. Por eso los espejos son mi gran aliado. Por ejemplo, Marlene Dietrich, en la vejez, mandó cubrir todos los espejos de su casa de Paris. Claro, me imagino que no saldría de casa.
Cumpleaños
Hoy
no me desisto,
ni me desengaño.
Los ochenta rondan
en mi calendario.
Día de recuerdos,
día de presagios,
día de balances:
perjuicios y daños,
y de beneficios
tamaños
de una larga vida
de un regalo largo.
Setentón fenezco,
ochenteno avanzo,
más cerca de Dios,
siempre muy cercano.
“Hasta que Dios quiera,
decían antaño”.
Pero Dios dejó a las leyes
el destino exacto.
Hasta que las leyes
decidan, yo sigo
y
me callo.
Texto y fotografías de La Medusa Paca. Copyright ©.

