Celebrando un 22 de abril
A metro y medio de Ti
sobre tu trono
ensalzada
no hay quien
en el mundo pueda
aguantarte la
mirada.
Unos verán una
joven
en sollozos
entregada,
otros una
mocita
con lágrimas
de perla y nácar. (PRJP)
Celebrando
un 22 de abril
Cuando sale la Virgen de camino hacia la iglesia, cada veintidós de abril después de voltear el campanillo de su ermita, y por la mañana, en Grávalos pasan cosas infinitas. A su paso queda el cruce del “Puerto” al vaivén de los cierzos en un tiempo en el temblor. Y hay veces que hasta sudan los sillares de piedra “china” de su barandilla y hasta las abanican los devotos mientras la esperan. A veces el remolino del café se lleva el olor de las calas, junto a los lirios, y el aliento de los caminantes. La cucharilla da cien vueltas de impaciencia. La misteriosa mañana parece siempre por venir. Por eso yo, siempre en este día, le suelo tararear a la Virgen, mientras la veo procesionar desde la lejanía, una letra por alegrías de Cartagena que escribió un tal Isidro Muñoz: “Cascaritas de naranjas / a cubitos voy cogiendo / por encimita del agua / cuando el sol ya va saliendo, cuando el sol se va escondiendo, / cascaritas encendías / de naranjas de la mar. / Mañana a la misma hora / recojo un cubito más”.
Hay algo salobre en la Virgen. No sé explicarlo. Su imagen avanza recogiendo cascaritas de naranja, destellos de espuma, el alba húmedo y casi helador del cierzo. Ella es como una desembocadura, ensanchamiento de amor en ese cruce de caminos y en sus cuatro direcciones. Lo oración que todos necesitamos antes de afrontar la inmensidad de un océano. Por eso durante su procesión la luna es un confeti. Cada trozo de cielo entre los dientes de piedra recuerda las teselas de los pájaros volando hasta la tez de la memoria. Es rosa su pupila. Y su mirada desciende hasta la hiedra de la baranda abandonada en una proyección inexplicable. Dios es cada suspiro en la alborada, un rayo que atraviesa la villa desde los ojos de la Virgen. Su cara nacarada de destellos rebosa en los balcones y en los maceteros de los geranios encendidos como faros.
Yo no sé qué tiene la Virgen Humilladero en su encarnadura que simula arrugas de juventud, pero algo tiene. Cuando sus siervas encienden las candelarias de acompañamiento sale un sol por la cornisa del campanillo que ciega incluso por la espalda, que se derrama por los hombros sobre los pies, que hace estallar las sombras como si la claridad fuera una piedra sobre el tejado. Ese sol hace añicos las figuras. Porque sólo se permite una silueta. Ella. Nada más. ¿Cómo explicarlo? Todo gravaleño tiene su advocación de María, su petición reservada. Pero cuando las campanas de la iglesia de la Antigua y el campanillo de su ermita enloquecen en la mañana de abril para despertar al mundo, no hay nadie en el pueblo que no bisbisee lo que desde varias generaciones se le pide en sus casas a la Virgen del Humilladero. Volver. Abrir los ojos de nuevo ante Ella para ofrecerle otro cubito de cáscaras 'encendías' de naranjas de la mar. Y al regresar, rota la luz y rota la costumbre, yo siempre juego a preguntarle a la margarita que le arranco cada primavera si me quiere o no me quiere. Y ELLA siempre me contesta: ¡SI TE QUIERO!
ELLA
Amor
de flor de abril,
olor
alado,
pellizco
de la rosa “encendía”,
almendro,
naranjo despojado,
¡avemaría!
alféizar
medieval más elevado.
Amor
del abanico enajenado
que
aventas ante el mar la algarabía
del
cuerpo que me da la Eucaristía
y
pone a Humilladero en mi costado.
No
hay flor que tu mirada no deshoje
y
cuente cada pétalo a los vientos,
ni
nardo que al pasar no se me antoje.
La
Virgen va entonando el miserere
y
yo voy deshojando mis lamentos:
que,
al partir de tu ermita,
rota
la luz y rota la costumbre,
yo
siempre juego a preguntarle
a
la margarita que le arranco cada primavera
me
quiere, no me quiere:
¡Sí
me quiere!
PRJP. N.º 33 Dede
Garnacha y en otro año más, este de 2026.





